Dependencia total de fertilizantes importados y precios por encima de USD 750 por tonelada evidencian vulnerabilidad estructural y reabren debate sobre una petroquímica nacional.
Perú importó más de 300.000 toneladas de urea en 2025, en un contexto de precios internacionales que superan los USD 750 por tonelada, lo que vuelve a poner en evidencia el rezago del país en el desarrollo de su industria petroquímica y su alta dependencia de insumos críticos para la agricultura.
Un análisis técnico advierte que la ausencia de una industria nacional de urea no solo representa una oportunidad perdida, sino también un riesgo estructural que quedó expuesto durante las recientes crisis internacionales de precios y abastecimiento.
Dependencia total y presión sobre la economía
Según el informe elaborado por el especialista en hidrocarburos Ricardo E. Bisso Fernández, Perú cubre el 100% de su demanda de urea mediante importaciones, lo que lo hace altamente vulnerable a shocks externos.
Durante la crisis global de fertilizantes en 2022 —marcada por la guerra en Ucrania y sanciones a Rusia— los precios llegaron a niveles de entre USD 800 y 1.000 por tonelada. Aunque se moderaron, en 2026 se mantienen entre USD 650 y 750, más del doble del promedio previo a 2021.
Entre 2023 y 2025, el costo de importación de urea y otros fertilizantes superó los USD 400 millones anuales, presionando las cuentas fiscales y afectando la competitividad del sector agrícola.
El factor gas y la falta de industria local
El único proyecto en evaluación para desarrollar una planta petroquímica está a cargo de Transportadora de Gas del Perú, con una inversión estimada en USD 1.500 millones. No obstante, el avance es limitado y enfrenta cuestionamientos tras incidentes recientes en la infraestructura de transporte de gas.
El principal obstáculo identificado no es técnico, sino de política energética: la priorización de la exportación de gas natural frente a su uso industrial en el país.
Propuestas para destinar parte del gas de Camisea al desarrollo petroquímico no han sido implementadas, pese a su potencial para generar valor agregado y reducir la dependencia externa.
Dos escenarios para la próxima década
El análisis plantea dos rutas posibles:
- Sin petroquímica nacional: el país continuará expuesto a volatilidad de precios, escasez y presión fiscal, con riesgos para la seguridad alimentaria.
- Con industria de urea: Perú podría cubrir su demanda interna (350.000–400.000 toneladas anuales), estabilizar precios y generar excedentes exportables.
Además, el consumo de gas requerido para una planta de urea sería relativamente bajo —entre 6% y 8% de la producción de Camisea—, lo que refuerza su viabilidad técnica frente a otras alternativas petroquímicas más intensivas.
Dependencia externa y riesgos geopolíticos
Actualmente, los principales proveedores de urea al Perú son China, Malasia y Rusia, lo que concentra el riesgo en mercados asiáticos y expone al país a decisiones comerciales externas, problemas logísticos y fluctuaciones globales.
Esta dependencia quedó en evidencia durante las crisis recientes, cuando las restricciones de exportación y el alza de precios afectaron directamente el abastecimiento local.
Una inversión estratégica para la seguridad alimentaria
El desarrollo de una petroquímica basada en metano es planteado como una política de seguridad nacional. Una planta integrada demandaría una inversión estimada de USD 2.000 millones —hasta USD 2.600 millones si se amplía a otros derivados—, con capacidad de producir entre 1,2 y 1,4 millones de toneladas anuales.
Esto no solo permitiría abastecer el mercado interno, sino también posicionar al país como exportador regional, reduciendo la salida de divisas y fortaleciendo la estabilidad de precios en el sector agrícola.
En ese contexto, la industria de urea se perfila como un “seguro estratégico” frente a la volatilidad internacional, con impactos directos en la inflación alimentaria, la productividad y la sostenibilidad económica del país.









