El comercio electrónico peruano vive un momento de madurez acelerada. Según la Cámara Peruana de Comercio Electrónico (CAPECE), el sector creció un 21,2 % en 2024 y movilizó alrededor de 15.600 millones de dólares, hasta representar cerca del 5,5 % del Producto Bruto Interno, frente al 2,4 % que apenas alcanzaba en 2019. Más significativo aún es el dato de adopción: al cierre de 2024, el 55 % de los peruanos, unos 18,7 millones de personas, ya realizaban compras por internet, con un crecimiento especialmente fuerte en provincias.
Ese avance plantea una pregunta que muchas empresas peruanas se están haciendo: ¿está la logística preparada para sostener este ritmo? Porque vender en línea es solo la mitad de la ecuación. La otra mitad, la que define si el cliente queda satisfecho, ocurre en la entrega.
El desafío de la última milla en un país diverso
La última milla, el tramo final que lleva el pedido hasta el cliente, es reconocida como el eslabón más complejo y costoso de la cadena. Estudios del sector recopilados por la escuela de negocios ESIC estiman que puede representar entre el 50 % y el 53 % del costo total del envío. En Perú, esa complejidad se ve amplificada por una geografía y una urbanización particulares.
Lima concentra buena parte del consumo digital y enfrenta los retos típicos de una gran ciudad: congestión, distancias largas y zonas de difícil acceso. Pero el dato más relevante de 2024 es el despegue del consumo en provincias, donde el e-commerce crece con fuerza y donde la infraestructura logística suele ser más débil. Atender bien ambos escenarios, la densidad urbana de la capital y la dispersión del interior, exige un enfoque de distribución urbana sofisticado y flexible.
De proveedor de transporte a socio estratégico
Durante mucho tiempo, las empresas peruanas trataron la logística como un servicio intercambiable, contratado por precio. El crecimiento del canal digital cambió esa lógica. Hoy, la entrega es parte de la experiencia de marca, y un fallo en esta etapa repercute directamente en la reputación y en la recompra.
Por eso conviene dejar de pensar en términos de simple transporte y empezar a hablar de un partner logístico: un aliado que entiende el negocio, que se integra con las plataformas de venta y que asume la última milla como parte de su propuesta de valor. La diferencia no es semántica. Un proveedor entrega paquetes; un socio ayuda a que la empresa cumpla sus promesas, cuide a sus clientes y crezca sin que la logística se convierta en un freno.
Qué evaluar antes de elegir
Seleccionar al aliado correcto para la distribución urbana requiere mirar más allá de la tarifa. Hay capacidades que distinguen a un operador preparado de uno que solo promete.
La cobertura efectiva encabeza la lista. No basta con declarar presencia en una ciudad; importa que las entregas se cumplan en plazo en las zonas donde realmente están los clientes. La trazabilidad es igual de crítica: tanto la empresa como el comprador deben poder seguir el pedido en tiempo real, porque la visibilidad reduce reclamos y genera confianza. La flexibilidad para adaptarse a los picos de demanda, frecuentes en campañas y fechas comerciales, evita que el éxito comercial se transforme en un colapso operativo. Y la integración tecnológica con los sistemas de venta automatiza el flujo de pedidos y minimiza los errores.
Un operador logístico centrado en última milla y distribución urbana ofrece estas capacidades como parte de su núcleo de negocio, no como un agregado. Para una empresa que quiere escalar sus ventas online en Perú, esa especialización es precisamente lo que necesita en la fase más sensible del proceso.
El reto de las provincias
El dato más revelador del último año en el e-commerce peruano no es el crecimiento global, sino su distribución geográfica. El consumo digital se está expandiendo con fuerza fuera de Lima, y eso plantea un desafío logístico de primer orden. Atender bien a un cliente en una gran ciudad es relativamente conocido; hacerlo en provincias, donde la infraestructura es más débil y los volúmenes más dispersos, exige capacidades distintas.
Para las empresas que quieren capturar ese crecimiento, la cobertura más allá de la capital deja de ser un extra y se convierte en una condición. Un operador que solo funciona bien en Lima limita el potencial de expansión de la marca. Por eso, al evaluar un socio de distribución, conviene mirar con atención su capacidad real de operar en los mercados emergentes del interior, no solo en los consolidados.
Medir para mejorar
Profesionalizar la última milla pasa, inevitablemente, por medirla. Indicadores como el porcentaje de entregas cumplidas en el primer intento, el tiempo medio de entrega o la tasa de incidencias permiten saber si la operación funciona y dónde están los puntos débiles. Sin estos datos, cualquier intento de mejora es a ciegas.
Un buen socio logístico no solo ejecuta las entregas, también aporta esta visibilidad y la pone a disposición de la empresa. Compartir indicadores y revisarlos de forma conjunta convierte la relación en una colaboración orientada a mejorar de manera continua, en lugar de una simple contratación de transporte. Las empresas peruanas que adopten esta mentalidad, exigiendo datos y trabajando sobre ellos, serán las que conviertan la logística en una verdadera palanca de crecimiento y no en una fuente recurrente de problemas.
La logística como ventaja competitiva
El comercio electrónico peruano seguirá creciendo, y la competencia por el cliente será cada vez más intensa. En ese escenario, captar compradores es solo el primer paso; conservarlos depende, en gran medida, de que la experiencia de entrega esté a la altura. Una operación de última milla bien resuelta se traduce en clientes que vuelven, en menos reclamos y en una reputación que sostiene el crecimiento.
Hay, además, un amplio margen de recorrido. Pese al crecimiento, Perú todavía se ubica por detrás de varios mercados vecinos en compras en línea por habitante, como han señalado voceros del propio sector, lo que indica que la expansión está lejos de agotarse. Ese potencial es una buena noticia para las empresas, pero también una advertencia: el volumen de envíos seguirá subiendo y la presión sobre la última milla aumentará en consecuencia. Quien construya hoy una operación de distribución capaz de escalar estará preparado para capturar ese crecimiento; quien lo posponga corre el riesgo de ver cómo sus problemas de entrega se multiplican justo cuando el mercado despega.
Las empresas que inviertan ahora en una distribución urbana sólida, eligiendo socios especializados en lugar de improvisar, partirán con ventaja. En un mercado donde el canal digital ya pesa el 5,5 % del PBI y sigue ganando terreno, la logística dejó de ser un costo de fondo para convertirse en uno de los diferenciales más decisivos. La última milla, ese tramo corto y exigente, es donde muchas empresas peruanas se jugarán su futuro en el comercio electrónico.




