Por Eduardo Hidalgo, Director de Vehículos y Power Solutions de Scania Perú
Cuando el precio del combustible sube, el transporte lo siente antes que nadie. No es una variable más en la hoja de costos: define márgenes, tarifas, competitividad y continuidad operativa. En un país donde la logística conecta minas, puertos y ciudades, ahorrar combustible dejó de ser una buena práctica. Hoy es una condición para operar con eficiencia.
La respuesta no puede limitarse a esperar que el mercado se estabilice. El transportista necesita tomar control de lo que sí puede gestionar: configuración del vehículo, tecnología, mantenimiento, capacitación del conductor y análisis de datos. La eficiencia no aparece por suerte; se diseña minuciosamente.
El primer paso es elegir el vehículo correcto para la operación correcta. No consume igual una unidad de larga distancia que una orientada a minería o distribución urbana. Ruta, carga, altitud, velocidad promedio, frecuencia de paradas, tipo de terreno, entre otros deben definir la configuración, hoy la modularidad se ha convertido en el principal atributo de valor al momento de invertir en un vehículo. Comprar potencia sin criterio técnico puede salir caro y sobredimensionar una unidad, también, por eso, la rentabilidad está en poder configurar el vehículo a la medida de las necesidades que tiene el negocio.
La tecnología ya hace buena parte del trabajo. Trenes motrices más eficientes, cajas automatizadas, sistemas de gestión de flotas, conectividad y monitoreo permiten reducir consumos sin sacrificar desempeño. En el caso de Scania Super, el ahorro de combustible es desde 6% frente a generaciones anteriores de la marca en operaciones de largo recorrido y, dependiendo de la conducción, puede llegar a cifras de dos dígitos. En transporte, ese resultado habla de rentabilidad comprobada y verificada por clientes que prueban las unidades de demostración y las comparan en las mismas condiciones con sus unidades de siempre.
Pero la máquina no trabaja sola. Un conductor capacitado puede convertir una buena unidad en una operación sobresaliente. Manejar de forma predictiva, evitar aceleraciones innecesarias, respetar rangos óptimos de revolución, controlar ralentí y anticipar frenadas impacta directamente en el consumo. A ello se suma el mantenimiento preventivo: filtros, presión de neumáticos, alineamiento, lubricantes y calibraciones no son detalles menores, son eficiencia convertida en dinero.
También necesitamos mejores políticas públicas. El país requiere reglas claras para renovar flotas, infraestructura adecuada, combustibles de mejor calidad, incentivos a tecnologías más limpias y corredores logísticos que reduzcan tiempos muertos. La eficiencia no debe ser solo tarea del transportista; debe ser una política de competitividad nacional.
En tiempos de presión sobre los combustibles, el peor error es mirar solo el precio del galón o basarse en el precio del vehículo; lo correcto es saber cuánto va a costar esa unidad en sus años de operación y ahí es donde Scania marca la diferencia en favor de los costos operativos de los transportistas. Es importante conocer cuánto valor genera cada galón consumido, cuánto representa cada parada inesperada, qué tan confortable y seguro se siente el conductor para rendir eficientemente lo máximo posible. Ahí se juega hoy el futuro del transporte: operaciones más inteligentes, vehículos mejor configurados, conductores más preparados y decisiones públicas que entiendan que mover al Perú exige hacerlo con eficiencia.




