El metal precioso retrocedió 12.8% en junio, tras alcanzar máximos históricos a inicios del año, en un escenario marcado por el giro de expectativas sobre la Reserva Federal y la menor demanda por activos refugio.
Después de dominar los mercados durante gran parte del último año, el oro atraviesa uno de sus momentos más complejos de los últimos tiempos. Junio dejó una señal difícil de ignorar: el metal precioso registró una caída cercana al 12,8%, su peor desempeño mensual desde la crisis financiera de 2008, confirmando un cambio de tendencia que pocos imaginaban hace apenas algunos meses, cuando la onza marcaba sucesivos máximos históricos.
El oro al contado descendió hasta US$3.965,51 por onza, su nivel más bajo desde noviembre de 2025, mientras que los futuros retrocedieron hasta US$3.975,92. Más allá del movimiento diario, el dato verdaderamente relevante es el balance mensual, que refleja una de las correcciones más profundas observadas en los últimos diecisiete años.
El principal factor detrás de este movimiento ha sido el renovado protagonismo de la Reserva Federal. Tras su última reunión, el mensaje del presidente Kevin Warsh fue interpretado como claramente restrictivo, reforzando las expectativas de que las tasas de interés podrían mantenerse elevadas durante más tiempo e incluso volver a subir antes de finalizar el año.
Ese escenario fortaleció al dólar estadounidense y elevó los rendimientos de los bonos del Tesoro, dos variables que históricamente han representado un obstáculo para el oro. Cuando los activos de renta fija ofrecen mayores retornos y el dólar gana valor frente al resto de las monedas, disminuye el atractivo de mantener un activo que no genera intereses.
El contraste con lo ocurrido apenas unos meses atrás resulta evidente. Durante 2025, el oro protagonizó uno de los rallies más importantes de las últimas décadas, con un rendimiento cercano al 73%, impulsado por las compras de bancos centrales, la incertidumbre geopolítica y las expectativas de recortes de tasas por parte de la Reserva Federal. Esa tendencia continuó durante enero de este año, cuando el metal alcanzó máximos históricos cercanos a US$5.600 por onza. Sin embargo, desde entonces acumula una corrección superior al 29%, perdiendo buena parte del impulso que lo convirtió en uno de los activos más destacados de los mercados globales.
La disminución parcial de las tensiones entre Estados Unidos e Irán también ha contribuido a reducir la demanda por activos refugio. La reapertura gradual del tránsito por el Estrecho de Ormuz y los avances diplomáticos registrados durante las últimas semanas han permitido que la atención del mercado vuelva a concentrarse en la inflación, las tasas de interés y las decisiones de los bancos centrales.
A mi juicio, el comportamiento del oro durante junio refleja precisamente ese cambio de prioridades. Durante buena parte del primer semestre el mercado compró protección frente a la incertidumbre geopolítica. Hoy, en cambio, vuelve a concentrarse en la posibilidad de que la Reserva Federal mantenga una postura restrictiva durante más tiempo.
Desde una perspectiva técnica, haber perforado la barrera psicológica de los US$4.000 por onza representa una señal de debilidad importante. Bajo este escenario, no descartaría movimientos hacia la zona de US$3.900 e incluso US$3.800 si los próximos datos económicos continúan respaldando un entorno de tasas elevadas y fortaleza del dólar.
Naturalmente, una escalada militar en Oriente Medio, un deterioro inesperado de la economía estadounidense o señales de una Reserva Federal menos agresiva podrían modificar rápidamente este escenario y favorecer una recuperación hacia zonas cercanas a US$4.150 o incluso US$4.300 por onza.
Por ahora, el balance sigue siendo claro: después de un extraordinario rally durante 2025 y de alcanzar máximos históricos a comienzos de este año, el oro enfrenta un entorno mucho más desafiante, dominado por la inflación, las tasas de interés y la fortaleza del dólar.
Sergio Cisternas, Analista de mercados EBC Financial Group




