Max Schwarz

Profesor de la Facultad de Ciencias Empresariales y Económicas Universidad de Lima

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El mercado laboral es cada vez más exigente con las nuevas promociones de profesionales del negocio. Se trata de un mercado cambiante que no espera. La oferta al 2019 supera largamente la demanda y por lo tanto configura una sobreoferta global (Al parecer las fronteras han desaparecido con la Internet) con cientos de egresados globales cada uno con más conocimientos, más experiencia, más idiomas, más maestrías y más capacidades diferenciales para satisfacer la actual demanda esperada. Esto genera un reto que privilegia y a la vez busca enfocarse prioritariamente en la calidad profesional de la oferta existente y eso con las consecuencias que implica representa el verdadero reto académico para las mejores escuelas de negocio del mundo.

Las competencias esperadas para el profesional de negocio que se imponen al 2019 son de hasta tres tipos: competencias técnicas, competencias aptitudinales y competencias deontológicas. Se trata de una espiral evolutiva con un grado de dificultad creciente que constituye un reto para las mejores escuelas de negocio. En este contexto las primeras son competencias que corresponden al conocimiento y la experiencia en las diversas materias y contenidos particulares de la especialidad profesional (conocimientos vinculados a las operaciones, finanzas, marketing, proyectos, recursos humanos, aspectos legales, estrategia, sistemas de información y gerencia, etc.). Las segundas son competencias más complejas de lograr y requieren que las escuelas y facultades adapten sus sistemas para lograr nuevas capacidades y es que casi los especialistas y clientes en el mercado coinciden en que además de los conocimientos técnicos es necesario el desarrollo de aptitudes para sustentar nuevas habilidades como pensamiento crítico, comunicaciones, perspectiva global, liderazgo, integridad ética, trabajo en equipo y capacidades colaborativas en su desarrollo en equipos interdisciplinarios.

El tercer grupo de competencias es, sin duda, el más complicado de lograr y está centrado en aspectos deontológicos directamente vinculados a valores empresariales centrados en la competencia ética y el papel frente al conflicto de intereses, la independencia de partes, la confidencialidad, el manejo de la información privilegiada, el riesgo reputacional y la correspondencia con los valores sociales y ambientales que el profesional de negocios debe promover y exhibir. Si bien es cierto que este último juego de competencias es compartido con los valores personales más profundos que vienen desde la casa, también es cierto que las escuelas y facultades deben hacer esfuerzos razonables y esmerados por identificar, integrar, reforzar, evaluar   y promover la inserción consciente de dichos valores en el tejido más profundo de las competencias del egresado que logran colocar como oferta en el mercado.

Esto nos recuerda la elemental combinación DEBE, SABE, PUEDE que configura el concepto básico de COMPETENCIA. Es decir que DEBE (principios, valores, fundamentos), SABE (conocimientos y experiencias) y que PUEDE (aptitudes y habilidades) los cuales combinados son curiosamente diferenciadas del especial QUIERE que no forma parte de la COMPETENCIA. Esto es razonable porque se puede ser muy competente y no querer o en su defecto muy incompetente y querer (ambas situaciones generan un riesgo de mercado innecesario que debe ser controlado para evitar la deformación profesional). Es por eso que el aspecto QUERER es a la vez excluido de la competencia, pero necesario para lograr la pasión profesional que se requiere y que el mercado reclama. Se requiere profesional calificados con verdadera pasión por su especialidad profesional, pasión por las personas y pasión por desarrollar empresa responsable.

En resumen, cada vez queda más claro que a estas alturas con una amplia competencia global, el mercado laboral plantea nuevos y más exigentes requerimientos donde todas las herramientas (incluidas las tecnológicas) se enfocan al logro de profesionales que puedan alcanzar el mínimo esperado, sin embargo, se requiere y aspira a desarrollar algo más. Ese algo adicional no es otra cosa que aspectos diferenciadores en los cuales la persona correcta se configura en el profesional correcto para actuar en el ambiente empresarial correcto (esencia según la cual: para ser un buen empresario y profesional se requiere antes ser una buena persona) con creatividad, innovación y sentido prospectivo pegado siempre al esfuerzo por agregar valor profesional en un contexto de nuevos retos que privilegian el capital intelectual y relacional de las personas para generar mayor productividad, rentabilidad y competitividad para la empresa, su personal y en consecuencia para toda la sociedad en su conjunto.