Por Alfonso Birimisa, Gerente de Operaciones de Cushman & Wakefield Perú
El mercado de oficinas de Lima continúa evolucionando. Actualmente, el inventario de oficinas Clase A supera los 1,1 millones de m² y existen más de 65 mil m² adicionales entre proyectos en construcción y futuros desarrollos. En este escenario, donde la oferta sigue creciendo, la competitividad de un edificio ya no depende únicamente de su ubicación o infraestructura, sino también de la forma en que es gestionado.
Uno de los errores más comunes entre los propietarios es asumir que, si un edificio opera sin mayores inconvenientes, está bien gestionado. Sin embargo, el funcionamiento diario no siempre es sinónimo de competitividad.
La pérdida de valor de un edificio es un proceso gradual que comienza cuando las decisiones estratégicas se postergan, el mantenimiento se limita a corregir fallas y la operación deja de evolucionar al ritmo de las necesidades del mercado. Mientras algunos inmuebles mantienen prácticas tradicionales, otros incorporan mejoras continuas que fortalecen su desempeño y elevan la experiencia de quienes los ocupan.
Actualmente, las empresas buscan espacios que les permitan operar con continuidad, seguridad y eficiencia. Esperan edificios donde los servicios funcionen de manera consistente, los tiempos de respuesta sean oportunos y exista una administración capaz de anticipar riesgos antes de que se conviertan en problemas. Esa experiencia cotidiana, muchas veces imperceptible cuando todo marcha bien, termina influyendo en la percepción del inmueble y en su capacidad para seguir siendo competitivo.
El mayor riesgo para un edificio no es enfrentar una falla puntual, sino acostumbrarse a operar sin evolucionar. Porque un inmueble puede seguir funcionando durante años y, aun así, perder silenciosamente aquello que más valor le aporta: su capacidad para responder a las nuevas exigencias del mercado y seguir siendo la opción preferida de propietarios y ocupantes.
Gestionar un edificio no debería entenderse como una tarea enfocada únicamente en resolver incidencias. Su verdadero desafío consiste en planificar, prevenir y tomar decisiones que permitan sostener el desempeño del activo en el largo plazo. Una administración con visión estratégica no solo reduce la probabilidad de interrupciones y gastos imprevistos, sino que también contribuye a optimizar recursos y dar mayor previsibilidad a las inversiones.
En un entorno donde las organizaciones cuentan con más alternativas para elegir dónde operar, la competitividad de un edificio depende cada vez menos de atributos estáticos y más de la calidad de su gestión. La experiencia de los ocupantes, la continuidad operativa y la capacidad de adaptación son aspectos que hoy influyen directamente en la permanencia y el valor de un activo.




