Por Antonio Herrera
Hay trabajos que sostienen la vida, pero que casi nunca aparecen en las estadísticas económicas ni en las prioridades del debate público. El cuidado es uno de ellos. Millones de personas dedican buena parte de sus días a acompañar a un familiar enfermo, atender a un adulto mayor, apoyar a una persona con discapacidad o sostener emocionalmente a alguien que atraviesa un tratamiento complejo. Lo hacen desde el afecto, la responsabilidad y muchas veces desde el silencio. Sin embargo, pocas veces hablamos del enorme costo físico, emocional y económico que implica cuidar.
En el Perú, gran parte del sistema de salud descansa sobre esa red invisible de cuidadores que compensa lo que las instituciones no siempre logran cubrir. Son madres que dejan de trabajar para acompañar a sus hijos, hijas que reorganizan su vida para atender a sus padres y familias enteras que modifican su dinámica cotidiana alrededor de una enfermedad. En muchos casos, cuidar no es una elección libre, sino una necesidad inevitable.
Lo más complejo es que este esfuerzo suele darse sin apoyo suficiente, sin reconocimiento y sin condiciones mínimas para sostenerse en el tiempo. El cuidado se asume como algo “natural”, especialmente cuando recae sobre las mujeres, y justamente por eso termina invisibilizado. Se espera que alguien cuide, pero rara vez se pregunta quién cuida a quien cuida.
En enfermedades complejas como el cáncer, esta realidad se vuelve especialmente evidente. El tratamiento no afecta únicamente al paciente; transforma la vida de toda la familia. Los horarios cambian, los ingresos disminuyen, el desgaste emocional aumenta y la incertidumbre se instala como parte de la rutina. Muchas veces el cuidador debe asumir tareas logísticas, emocionales y económicas al mismo tiempo, mientras intenta mantenerse fuerte para sostener a otros.
El problema es que el sistema suele mirar al paciente de manera aislada, como si la enfermedad ocurriera únicamente en su cuerpo y no dentro de un entorno familiar que también necesita soporte. Sin embargo, la evidencia muestra algo distinto: cuando los cuidadores están agotados, desbordados o sin apoyo, las probabilidades de que el tratamiento se interrumpa aumentan. El bienestar del paciente y el bienestar del cuidador están profundamente conectados.
A pesar de ello, seguimos tratando el cuidado como un asunto privado y no como un desafío colectivo. Hablar de políticas de cuidado todavía parece secundario frente a otras urgencias, cuando en realidad se trata de un tema central para la salud, la productividad y la cohesión social.
La economía del cuidado sostiene silenciosamente buena parte del funcionamiento del país. Si todas las horas dedicadas diariamente al cuidado no remunerado fueran contabilizadas, el impacto económico sería enorme. Sin embargo, como ocurre dentro de los hogares y lejos de los indicadores tradicionales, permanece subestimado.
Esto tiene consecuencias concretas. Muchas personas cuidadoras abandonan sus estudios, reducen sus oportunidades laborales o deterioran su propia salud física y emocional mientras acompañan a otros. El agotamiento, la ansiedad y la sobrecarga son frecuentes, pero pocas veces se atienden porque el foco está puesto únicamente en quien recibe el cuidado.
Tal vez ahí está uno de los mayores errores de enfoque: hemos entendido el cuidado como una responsabilidad individual cuando en realidad es una necesidad social. Todas las personas, en algún momento de la vida, vamos a necesitar cuidar o ser cuidadas. Y aun así, seguimos construyendo sistemas que dependen del sacrificio silencioso de las familias para funcionar.
Hablar de políticas públicas de cuidado no significa reemplazar el rol de la familia ni burocratizar los vínculos afectivos. Significa reconocer que cuidar tiene un impacto real sobre la salud, la economía y el bienestar colectivo. Significa generar condiciones para que quienes acompañan procesos complejos no tengan que hacerlo completamente solos.
Eso implica servicios de apoyo, salud mental para cuidadores, mayor flexibilidad laboral, programas de acompañamiento y una mirada más humana sobre lo que significa atravesar una enfermedad en familia. También implica que las empresas entiendan que detrás de muchos colaboradores hay personas sosteniendo situaciones emocionalmente difíciles fuera del horario laboral.
La conversación sobre salud suele concentrarse en infraestructura, medicamentos y cobertura. Todo eso es indispensable. Pero mientras sigamos ignorando el peso del cuidado, seguiremos dejando una parte esencial del problema fuera de la discusión.
Porque cuidar no es solo un acto de amor. También es trabajo, desgaste y responsabilidad. Y una sociedad que depende del cuidado para sostenerse no puede seguir tratándolo como si fuera invisible.
El Perú necesita empezar a entender que cuidar también debería ser una prioridad pública. No solo por razones humanas, sino porque ningún sistema de salud puede sostenerse de manera efectiva si quienes cuidan terminan agotados, solos o abandonados por el propio sistema.
Al final, la calidad de una sociedad también se mide por cómo acompaña a quienes dedican su vida a sostener la de otros.





