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miércoles, mayo 13, 2026
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El valor estratégico de una caminata

Por Juan Carlos Valda

Caminar parece una pérdida de tiempo, sobre todo para el empresario PYME que vive con la agenda al límite y la cabeza llena de temas sin resolver. No produce, no factura, no cierra nada. Desde la lógica del día a día, es tiempo improductivo. Pero desde una lógica más honesta, caminar es una de las herramientas más subestimadas para pensar mejor, y pensar mejor es exactamente lo que más falta en la mayoría de las empresas chicas.

El problema no es que el empresario PYME no piense. Piensa todo el tiempo. El problema es cómo piensa: corriendo, interrumpido, con el teléfono en la mano y la cabeza dividida en diez temas al mismo tiempo. Eso no es pensar, es sobrevivir intelectualmente. Y cuando la cabeza vive en modo supervivencia permanente, las decisiones se achican, se vuelven reactivas y cortas, y el costo de ese achicamiento se paga caro más adelante.

Hay un error muy común en el empresario PYME que conviene nombrar: creer que porque decide mucho, está pensando mucho. En realidad, muchas veces pasa exactamente lo contrario. Decide tanto justamente porque no pensó lo suficiente antes. Decidir es cerrar opciones, elegir un camino. Pensar es abrir opciones, entender el mapa. El que solo decide sin pensar termina eligiendo entre opciones malas porque nunca construyó las buenas.

La caminata no es ejercicio, aunque también lo sea. No estoy hablando de caminar para bajar de peso ni para cumplir con el médico. Estoy hablando de caminar para ordenar la cabeza, para salir aunque sea un rato del ruido operativo que ocupa cada centímetro del día. Lo que la caminata crea es algo que el escritorio no logra: distancia mental. Afloja la presión, baja el volumen interno, permite que las ideas se conecten de una manera diferente. En la oficina, la cabeza está entrenada para reaccionar. Afuera, caminando, empieza a asociar. No es magia, es simplemente un cambio de contexto, y los cambios de contexto son los que producen los mejores insights.

El empresario PYME suele vivir desconectado de su cuerpo, funcionando de la cabeza para arriba mientras el resto acompaña como puede. Pero el movimiento físico tiene un impacto directo en la claridad mental que no se puede ignorar. Caminar ordena el ritmo interno, marca un compás, saca a la mente del estado de alerta permanente. No es casualidad que muchas buenas decisiones no se tomen en reuniones sino antes o después, ni que las mejores ideas aparezcan manejando, duchándose o caminando. Son los únicos momentos donde la cabeza deja de defenderse y empieza a crear.

El encierro mental es, en el fondo, el problema real. No siempre físico, pero sí constante: encerrado en problemas, urgencias, pendientes y compromisos que se acumulan y forman una caja sin ventanas. La caminata rompe ese encierro de manera literal y simbólica al mismo tiempo. Cambia el paisaje, cambia los estímulos, cambia el foco. Y cuando cambia el foco, cambian las preguntas. Muchos empresarios buscan respuestas complejas para problemas que están mal formulados, y caminar ayuda a reformular. Un problema bien formulado, la mayoría de las veces, empieza a resolverse solo o al menos se vuelve manejable.

Hay empresarios que se sientan a «pensar» apretando los dientes y forzando conclusiones, como si pensar fuera una forma de esfuerzo bruto. Eso rara vez funciona. Pensar mejor no es pensar con más intensidad sino con más claridad, y la caminata baja la exigencia interna, saca al pensamiento del modo presión y lo lleva al modo exploración, donde es posible dejar preguntas abiertas sin que eso parezca una amenaza. Las mejores decisiones no nacen de la tensión extrema sino de la comprensión profunda, y la comprensión necesita tiempo, silencio y perspectiva, que son exactamente las tres cosas que la oficina le niega al empresario todos los días.

El silencio que ofrece una caminata no es absoluto, pero es funcional. En un mundo saturado de opiniones, tendencias, gurús, notificaciones y alarmas, tener menos inputs aunque sea por cuarenta minutos es una ventaja real. Ese silencio funcional permite que aparezca la voz propia, que es la que más fácilmente se pierde en el ruido del día a día. Un empresario que no se escucha termina siendo dirigido por el contexto, respondiendo a lo que el contexto exige en lugar de elegir hacia dónde va. Uno que se escucha puede elegir.

Hay algo más que vale la pena entender sobre por qué la caminata funciona: la mayoría de los problemas empresariales no se resuelven en el mismo lugar mental donde se generaron. Si un problema nació en el estrés, difícilmente se resuelva con más estrés. La caminata cambia el plano, saca al empresario del lugar donde el problema se repite en loop y lo pone en un lugar donde puede mirarlo desde afuera. Por eso, después de caminar, muchos dicen que el problema no era tan grave, que estaban mirando mal el tema, que se estaban enroscando. No cambió el problema, cambió la mirada, y cambiar la mirada lo cambia casi todo.

Y aunque la caminata tiene mucho de introspectiva, también es una forma de leer el entorno: personas, negocios, movimientos, hábitos, señales débiles que no se perciben desde el auto o la oficina. La estrategia no se alimenta solo de números y métricas. También se alimenta de sensibilidad hacia lo que está pasando afuera, y esa sensibilidad se entrena caminando, observando, dejando que el entorno entre sin filtro.

Cuando el empresario piensa mejor, suele pasar algo que al principio puede sorprender: decide menos, pero mejor. No reacciona a todo, no corre detrás de cada urgencia, empieza a distinguir lo importante de lo accesorio. El impacto de eso en la empresa es concreto y visible: menos bandazos, menos cambios improvisados, menos desgaste del equipo, más coherencia y más foco. La caminata no es tiempo perdido sino tiempo que ahorra errores futuros, y los errores futuros del empresario PYME son siempre más caros que cualquier rato que hubiera dedicado a pensar.

Caminar no va a resolver todos los problemas ni es una técnica milagrosa. Pero es accesible, simple y no depende de nadie más. Solo requiere salir: salir del encierro, del ruido, del automatismo. En un mundo que empuja a correr, caminar puede ser el acto más estratégico que un empresario haga en la semana, no porque lo aleje del negocio sino porque lo devuelve a él con una cabeza distinta. Y cuando la cabeza del empresario cambia, la empresa tarde o temprano cambia con ella.