El Perú del corto plazo: por qué pensar solo en la coyuntura nos está saliendo caro

Por Antonio Herrera Cabanillas

El Perú parece haberse acostumbrado a vivir en modo reacción. La política responde a la crisis de la semana, la conversación pública gira en torno a la indignación del día y las decisiones estratégicas se postergan una y otra vez. Esta forma de operar puede dar la ilusión de control inmediato, pero en realidad tiene un costo alto y acumulativo: nos impide construir futuro.

Pensar solo en la coyuntura no es neutral. Es una elección. Y como toda elección, tiene consecuencias económicas, sociales y culturales que no siempre se perciben de inmediato, pero que terminan pasando factura.

La lógica del corto plazo se ha instalado no solo en la política, sino también en la manera en que hablamos del país. Cambiamos de prioridades con rapidez, exigimos resultados inmediatos y perdemos la paciencia frente a procesos que, por definición, requieren tiempo. En ese contexto, planificar a largo plazo parece ingenuo, cuando en realidad es lo único responsable.

El impacto económico de esta mirada es evidente. La inversión —pública y privada— necesita reglas claras, estabilidad y una mínima previsibilidad. Cuando el rumbo cambia constantemente, el capital se vuelve cauteloso, los proyectos se paralizan y el crecimiento se ralentiza. El Perú no carece de recursos ni de talento; carece de confianza sostenida. Y la confianza no se construye reaccionando a cada crisis, sino mostrando coherencia en el tiempo.

Este estancamiento no es solo una cifra macroeconómica. Se traduce en menos empleo, menos oportunidades y menor movilidad social. Sin inversión no hay trabajo formal, y sin trabajo formal no hay futuro para millones de personas que siguen atrapadas en la informalidad. El corto plazo termina castigando precisamente a quienes más necesitan estabilidad.

Pero el costo no es solo económico. También es social. Cuando un país vive resolviendo urgencias, descuida lo esencial. Educación, salud, infraestructura, formación de talento y fortalecimiento institucional quedan relegados porque no generan aplausos inmediatos. El resultado es una sociedad cansada, frustrada y cada vez más desconfiada de que las cosas puedan mejorar.

Esta frustración se alimenta, además, de una conversación pública dominada por el ruido. El debate se ha vuelto reactivo, simplista y polarizado. Se premia la frase fuerte sobre la propuesta sólida, la confrontación sobre el acuerdo, el titular sobre la estrategia. En ese clima, pensar a largo plazo parece impopular, casi un acto contracultural.

Sin embargo, ningún país ha logrado desarrollarse sin una visión compartida de futuro. Los países que avanzan no son los que eliminan los conflictos, sino los que logran ordenarlos dentro de un horizonte común. Apostar por ciclos largos no es desconocer la coyuntura, sino evitar que esta nos gobierne.

Algunos confunden la mirada de largo plazo con ingenuidad. Pero pensar en el futuro no significa negar los problemas del presente. Significa asumir que los desafíos estructurales no se resuelven con soluciones rápidas ni con medidas aisladas. La educación no mejora en un año, la institucionalidad no se reconstruye con un decreto y la confianza no se recupera con un anuncio.

El Perú necesita volver a hablar de desarrollo con seriedad. Hablar de inversión responsable, de productividad, de formalización, de educación pertinente y de sostenibilidad como pilares de un proyecto país. No como consignas, sino como decisiones que se sostienen más allá de gobiernos, crisis y titulares.

En este esfuerzo, no solo el Estado tiene responsabilidad. Empresas, organizaciones sociales, universidades, medios y líderes de opinión también influyen en cómo un país piensa su futuro. Alimentar el cortoplacismo es fácil; contribuir a una visión de largo plazo exige más criterio, más paciencia y más coraje.

Estamos entrando a un periodo clave, con procesos electorales en el horizonte y decisiones que marcarán los próximos años. Podemos seguir atrapados en la lógica de la supervivencia política y social, o podemos aprovechar este momento para replantear prioridades y exigir algo distinto: dirección.

El futuro no se improvisa. Se diseña, se planifica y se construye con decisiones coherentes sostenidas en el tiempo. Vivir solo de la coyuntura nos está saliendo caro. Pensar en el largo plazo no es un lujo: es la única manera de generar oportunidades reales y duraderas.

Si queremos un país que no solo resuelva crisis, sino que genere futuro, tenemos que atrevernos a salir del corto plazo. Y hacerlo, esta vez, en serio.