Moody’s advierte que los eventos climáticos pueden generar mayor volatilidad en los flujos de caja, elevar costos y volver más selectivo el acceso al crédito en América Latina y el Caribe. La gestión del riesgo climático debe considerar tanto la continuidad del negocio como el impacto de las decisiones empresariales en la sociedad y los grupos de interés, sostiene el experto internacional Juan Quesada.
El riesgo climático dejó de ser una preocupación exclusivamente ambiental para convertirse en un factor que puede impactar directamente en las operaciones, las finanzas y la relación de las empresas con sus distintos grupos de interés. En un escenario marcado por fenómenos como El Niño y una mayor frecuencia de eventos climáticos, las organizaciones necesitan anticipar no solo las posibles interrupciones de su actividad, sino también sus efectos en clientes, trabajadores, proveedores y comunidades.
Un reciente análisis de Moody’s Ratings advierte que la intensificación de los eventos climáticos en América Latina y el Caribe puede hacer menos predecibles las operaciones y los ingresos de las empresas. Según la calificadora, este escenario incrementa los costos operativos, eleva las necesidades de capital de trabajo, genera interrupciones en el transporte y la logística y vuelve más selectivo el acceso al crédito.
Para Juan Quesada, experto internacional y Consejero Delegado en Mosaiq, quien participará este 29 de octubre en Reputation Day 2026, la diplomacia corporativa cumple un papel estratégico frente a este tipo de escenarios, pues permite interpretar los cambios del entorno, anticipar riesgos y tomar decisiones considerando tanto las necesidades del negocio como las de sus grupos de interés. Durante el evento, que reunirá a líderes y especialistas para analizar los principales desafíos de la reputación, la comunicación y la confianza empresarial, abordará esta mirada estratégica.
En ese sentido, una adecuada gestión del riesgo climático requiere ampliar la mirada y considerar tanto la continuidad del negocio como la relación de la organización con su entorno. Para Quezada, estas son cuatro claves que los directivos deberían considerar en su toma de decisiones frente a estos escenarios:
- Anticipar el impacto en el negocio y en la sociedad
La planificación frente a un evento climático no debería limitarse a identificar posibles interrupciones de la operación. También es importante evaluar cómo estas pueden repercutir en clientes, trabajadores, proveedores y comunidades, entre otros stakeholders. Anticipar estos efectos permite preparar respuestas más oportunas y reducir el riesgo de que una contingencia operativa termine convirtiéndose también en un problema reputacional.
- Escuchar a los grupos de interés
Las consecuencias de un mismo fenómeno pueden ser diferentes para cada grupo. Por ello, conocer las expectativas y preocupaciones de clientes, colaboradores, proveedores, autoridades y comunidades permite tomar decisiones más conectadas con la realidad. Esta escucha también ayuda a fortalecer la confianza y a identificar posibles tensiones antes de que escalen. Asimismo, es importante establecer medidas que aseguren la sostenibilidad y consolidación de las relaciones con estos públicos clave, a distinto nivel; por ejemplo, en la cadena de pagos, los suministros y los flujos de información.
- Actuar desde la oportunidad, no desde el oportunismo
Un escenario de crisis también puede generar espacios para que las empresas contribuyan desde sus capacidades. La diferencia está en que una oportunidad debe guardar una relación real con el negocio, los intereses de los clientes y una necesidad existente en la sociedad. Una acción que busque únicamente aprovechar la coyuntura para ganar visibilidad, sin una conexión clara con la organización, puede terminar afectando su reputación.
- Incorporar la reputación en las decisiones
La comunicación, las relaciones institucionales y los asuntos públicos deben formar parte de la planificación estratégica, no activarse solo cuando surge una crisis. Como señala Quesada: “La reputación es un valor intangible que, en algunas circunstancias, vale tanto como los activos de cualquier compañía. En escenarios marcados por impactos climáticos y sociales la forma en que las empresas cooperan y se comunican con sus grupos de interés representa un reto para la diplomacia corporativa”.
Gestionar el riesgo climático, por tanto, implica mucho más que contar con planes de continuidad operativa. También requiere comprender el entorno, mantener un diálogo constante con los grupos de interés y actuar de manera coherente con los valores y objetivos de la organización. Desde esta perspectiva, la diplomacia corporativa permite conectar las decisiones del negocio con las expectativas de la sociedad y contribuir a una gestión más anticipada de los riesgos.




