En entrevista para Revista Economía, el director del MBA Full-Time de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey, Jatinder Jit Singh, analiza cómo la ética se ha convertido en un factor estratégico para las empresas, el impacto de la inteligencia artificial en la gestión corporativa y los retos que enfrenta América Latina para construir liderazgo y confianza en un entorno de alta incertidumbre.
En un contexto donde las empresas enfrentan una mayor vigilancia pública que en décadas anteriores, ¿cómo ha cambiado el rol de la ética en la toma de decisiones corporativas?
La ética empresarial ha dejado de ser únicamente un tema de cumplimiento normativo para convertirse en un elemento estratégico dentro de las organizaciones. Hoy no es solo “hacer lo correcto” desde el punto de vista regulatorio, sino también entender que la ética impacta directamente en la competitividad y sostenibilidad de una empresa.
Los consumidores son cada vez más exigentes y valoran aspectos como la transparencia, la coherencia y la responsabilidad corporativa. Esto significa que las empresas ya no se evalúan únicamente por sus resultados financieros, sino también por cómo toman decisiones, cómo se relacionan con la sociedad y qué tipo de impacto generan en su entorno.
En ese sentido, la confianza se ha convertido en un activo fundamental. Es un elemento que fortalece la reputación de la marca, mejora su posicionamiento y determina en gran medida la relación con sus distintos grupos de interés o stakeholders.
Mencionaba la importancia de la transparencia y la coherencia. ¿Cuáles son los principales errores que siguen cometiendo las empresas al intentar conectar con este nuevo perfil de consumidor?
Uno de los errores más frecuentes es precisamente la falta de coherencia entre lo que las empresas comunican y lo que realmente hacen. Existe una brecha entre el discurso y la práctica, y esa inconsistencia genera un impacto muy negativo en la percepción del consumidor.
En las investigaciones que he realizado durante varios años con marcas y consumidores, aparece de forma constante un factor clave: la autenticidad. Cuando una empresa no vive sus valores internamente y solo los proyecta hacia afuera como parte de su comunicación, el consumidor lo percibe rápidamente.
Por eso, es fundamental que los valores no solo formen parte de la narrativa externa, sino que estén integrados en la cultura organizacional, en la toma de decisiones y en el comportamiento diario de la empresa. Solo así se puede construir una coherencia real entre identidad, acciones y comunicación.
Desde su experiencia trabajando con líderes de más de 80 países, ¿qué diferencias observa entre América Latina y otros mercados como Europa o Asia en materia de ética empresarial y liderazgo?
América Latina enfrenta un reto estructural importante en términos de construcción de organizaciones más resilientes y sostenibles. Esto ocurre en un contexto de transformación tecnológica y económica acelerada, pero también con desafíos sociales relevantes que condicionan el desarrollo empresarial.
Sin embargo, este escenario también representa una oportunidad. Permite impulsar modelos de negocio más éticos, innovadores y con mayor impacto social y ambiental.
El liderazgo en la región debe ser capaz de comprender las particularidades locales, pero también integrar una visión global. La clave está en encontrar un equilibrio entre crecimiento económico, responsabilidad social y construcción de reputación a largo plazo.
Muchas empresas hoy hablan de propósito y valores corporativos. ¿Cómo diferenciar una estrategia genuina de un simple discurso de marketing?
El principal riesgo en este ámbito es el greenwashing o la percepción de falta de autenticidad en la comunicación corporativa.
Para evitarlo, los valores deben construirse desde dentro de la organización. No pueden ser únicamente un mensaje hacia el mercado o una estrategia de posicionamiento.
Cuando una empresa adopta discursos o causas únicamente porque son tendencia, sin una base interna sólida, el consumidor lo percibe como inconsistente o poco genuino.
Por eso, el orden correcto es claro: primero se construyen y viven los valores dentro de la empresa, y luego se comunican hacia afuera de manera coherente y consistente.
¿Qué impacto puede tener una mala decisión ética en variables como reputación, atracción de talento o confianza del consumidor?
El impacto puede ser muy significativo en múltiples niveles. Cuando una empresa actúa de manera ética y responsable, se generan efectos positivos como mayor confianza, mayor lealtad del consumidor, mayor intención de compra y una mayor disposición a recomendar la marca.
Incluso se genera co-creación de valor entre la marca y el consumidor, lo que fortalece la relación a largo plazo.
En cambio, cuando se rompe la coherencia ética o se produce una transgresión de valores, el efecto es inverso: se pierde la confianza. Y la confianza es el puente entre la imagen de la marca y el comportamiento del consumidor.
Cuando ese puente se rompe, el impacto no es solo reputacional, sino también económico. Puede afectar la fidelidad del cliente e incluso generar rechazo activo hacia la marca, incluyendo comportamientos de boicot.
Hoy, con las redes sociales, estos efectos se amplifican rápidamente, lo que aumenta el riesgo para las organizaciones.
Con la llegada de la inteligencia artificial al mundo corporativo, ¿qué nuevos desafíos éticos están surgiendo?
Los desafíos son múltiples y abarcan distintas áreas de la organización: desde los procesos de reclutamiento, la gestión de datos y la privacidad, hasta la forma en que las empresas construyen su reputación.
Uno de los principales retos es la gestión de equipos híbridos, donde conviven personas e inteligencia artificial. Esto exige nuevos modelos de liderazgo y nuevas capacidades de gestión.
La inteligencia artificial es una herramienta poderosa, pero su uso debe estar siempre guiado por criterios éticos. Existen decisiones que pueden automatizarse, pero otras requieren necesariamente juicio humano basado en valores.
El reto es aprender a integrar ambas dimensiones de manera responsable, sin generar impactos negativos dentro ni fuera de la organización.
¿Cómo debería replantearse la formación de líderes para responder a este nuevo entorno empresarial y social?
El liderazgo actual exige habilidades más complejas que en el pasado. Hoy se requiere pensamiento crítico, visión estratégica e inteligencia cultural para operar en entornos globales e inciertos.
La formación ya no puede centrarse únicamente en lo técnico, porque ese conocimiento cambia rápidamente. Lo importante ahora es desarrollar capacidad de adaptación, criterio para la toma de decisiones y una base ética sólida.
Los líderes deben ser capaces de enfrentar problemas reales, muchas veces sin información completa, en contextos de incertidumbre.
Por eso, los programas de formación deben integrar liderazgo, propósito, pensamiento crítico y toma de decisiones estratégicas. Esa es la base para formar líderes preparados para un entorno global y cambiante.
En el caso del Perú, con un contexto de desconfianza institucional y volatilidad política, ¿qué rol puede jugar el liderazgo empresarial?
La confianza del consumidor está estrechamente vinculada con la confianza institucional de la sociedad en general. Cuando esta se debilita, el impacto se extiende a distintos sectores.
Las empresas tienen un rol clave porque generan crecimiento económico, empleo e impacto social directo. A diferencia de otros actores, pueden actuar de manera sostenible y contribuir a resolver problemas estructurales.
Si las empresas fortalecen la confianza a través de buenas prácticas, pueden tener un impacto muy positivo en la sociedad en su conjunto.





