Por Gerónimo Maspero, CTO y Cofundador de Humand
Cada vez que una tecnología disruptiva aparece, el primer reflejo de la sociedad es el miedo a ser reemplazados. Lo vimos con las distintas revoluciones a lo largo de la historia y hoy sucede con la inteligencia artificial. Sin embargo, si miramos la historia económica con un poco de perspectiva, nos damos cuenta de que los humanos no fuimos sustituidos. Algunas de nuestras tareas fueron mutando y si bien pareciera que algunos roles desaparecieron en realidad fueron reemplazados para darle lugar a otros nuevos.
Durante la Revolución Industrial, el trabajo del artesano textil fue absorbido por las máquinas a vapor. No obstante, eso llevó a la creación de millones de nuevos puestos de trabajo en fábricas que antes eran inimaginables. Un fenómeno parecido ocurrió hace apenas unas décadas con la llegada del software de oficina. Cuando las planillas de cálculo como Excel se masificaron, se decía que los administrativos quedarían obsoletos. Sin embargo, gracias a que el software absorbió el cálculo matemático, nacieron disciplinas enteras como el análisis de datos financieros, el control de gestión moderno y la planificación estratégica.
Hoy, con la Inteligencia Artificial, estamos en el mismo punto de inflexión. La IA está explotando con fuerza descomunal en los entornos laborales porque, por primera vez, tenemos tecnología capaz de asumir el trabajo cognitivo repetitivo. Es natural que la primera reacción de una organización ante la IA sea el miedo. El desafío de los líderes actuales es guiar a sus equipos en la transición del miedo al hábito a través del aprendizaje continuo y la práctica diaria.
Para que la IA deje de ser percibida como una amenaza, los colaboradores tienen que probarla y equivocarse con ella. El hábito se construye cuando el trabajador entiende que la tecnología no es un auditor externo que viene a evaluar su desempeño, sino una herramienta que tiene sobre su escritorio para resolver tareas en segundos.
El primer criterio para saber qué delegar en la máquina es que lo repetitivo se automatiza. Si un trabajador responde la misma pregunta tres veces al día con las mismas palabras, hoy está desperdiciando su potencial. Esa es una tarea que la IA resuelve con gran velocidad y precisión. Hoy las empresas que adoptan agentes de IA logran liberar un promedio de tres horas de trabajo semanales por colaborador. Esto implica devolverle al trabajador el tiempo necesario para pensar, innovar y resolver problemas complejos.
Existe, sin embargo, un error conceptual que es creer que la IA es una varita mágica capaz de solucionar desajustes o problemas que la empresa no comprende. Si un problema no puede ser resuelto por el jefe de una empresa si tuviese todo el tiempo del mundo, la IA tampoco lo va a poder resolver.
Para delegar una tarea en la inteligencia artificial, primero hay que entender a fondo el problema y su causa. Si los procesos de una organización son caóticos, la tecnología sólo generará un caos automatizado. El líder debe ser capaz de estructurar mentalmente la solución. Una vez validada esa lógica por el conocimiento humano, la máquina puede entrar a ejecutar el trabajo pesado.
Si la IA puede programar y clasificar mejor y más rápido que nosotros, ¿cuál es, entonces, el valor del ser humano en la empresa del futuro? La respuesta se reduce a tres pilares: la intención, el criterio y lo relacional.
En primer lugar, la intención es exclusivamente nuestra. La IA es un motor reactivo; no desea nada, no tiene voluntad, no se propone conquistar un mercado ni mejorar la cultura de un equipo. El ser humano es quien aporta el propósito, el «para qué» hacemos las cosas.
Asimismo, aparece el criterio. Frente a un problema, la tecnología puede ofrecernos diez soluciones distintas basadas en patrones estadísticos. No obstante, es el ojo humano, entrenado en el contexto, la cultura y la sensibilidad de la empresa, el que tiene el gusto y el juicio para elegir la opción que mejor resuena con la identidad. De esta manera, los talentos que asuman roles de liderazgo tendrán una herramienta que los pueda asistir en este proceso de construir su juicio.
Estamos dejando atrás una era donde el valor de un profesional se medía por su capacidad de ejecutar tareas mecánicas con resistencia física o mental. Antes hacíamos muchas cosas que hoy, simplemente, es inaceptable que sigamos haciendo de forma manual. Perder horas en la burocracia de los datos o en la repetición de textos es un anacronismo.
La inteligencia artificial no viene a destruir el empleo, viene a elevarlo. El verdadero riesgo de exclusión laboral no radica en la tecnología en sí, sino en la obstinación de ignorarla. Quienes entiendan que el software debe ser un copiloto diario para liberar tiempo y potenciar su criterio, liderarán las compañías del futuro.




