El Brent retrocedió hasta los US$94,3 por barril luego de señales de distensión en Medio Oriente, aunque la incertidumbre sobre el conflicto entre Estados Unidos e Irán sigue condicionando las perspectivas de inflación, tasas de interés y crecimiento global.
El petróleo volvió a concentrar la atención de los mercados globales este jueves, aunque esta vez con una moderada corrección después de varias semanas de fuerte volatilidad. Los futuros del Brent, referencia internacional del crudo, retrocedieron 1,3% hasta los US$94,3 por barril luego de que Israel y Líbano anunciaran la renovación de un frágil alto al fuego alcanzado tras negociaciones impulsadas por Estados Unidos. La noticia fue interpretada por los inversionistas como una señal de que aún existe espacio para una salida diplomática en Medio Oriente, una región que durante los últimos tres meses ha sido el principal factor detrás de la escalada de los precios energéticos. El mercado también recibió con optimismo las declaraciones del presidente Donald Trump, quien sugirió que podrían registrarse avances en las conversaciones con Irán durante los próximos días. Sin embargo, la caída del petróleo fue relativamente limitada si se compara con las alzas acumuladas durante los meses recientes, reflejando que los operadores todavía mantienen una importante dosis de cautela. La razón es simple: el conflicto entre Estados Unidos e Irán continúa sin una solución concreta y las negociaciones siguen enfrentando obstáculos políticos y estratégicos relevantes. De hecho, durante las últimas jornadas se conocieron nuevos intercambios de ataques y amenazas entre las partes, situación que mantiene viva la percepción de riesgo en los mercados energéticos. Por eso, más que un cambio de tendencia, la caída observada en el Brent parece responder a una toma de ganancias y a un ajuste técnico tras varios episodios de tensión que habían llevado al crudo a acercarse nuevamente a la barrera de los US$100 por barril.
Lo realmente importante para entender este movimiento es que el petróleo dejó hace tiempo de ser una historia exclusivamente energética para transformarse en uno de los principales determinantes de la economía mundial. Ese fenómeno ya comenzó a preocupar a organismos internacionales. La OCDE advirtió recientemente que una prolongación del conflicto podría deteriorar las perspectivas de crecimiento global e incluso acercar a algunas economías a escenarios recesivos. Aunque el mercado reaccionó positivamente al anuncio del alto al fuego entre Israel y Líbano, la realidad es que el petróleo sigue cotizando en niveles históricamente elevados y muy superiores a los observados antes del inicio de la guerra. Esta situación también ayuda a explicar por qué la Reserva Federal mantiene una postura prudente respecto a eventuales recortes de tasas de interés. Los últimos datos económicos de Estados Unidos muestran una economía que continúa resistiendo mejor de lo esperado. El sector servicios mantiene expansión, el empleo privado sigue creciendo y Wall Street permanece cerca de máximos históricos impulsado por el sector tecnológico y el auge de la inteligencia artificial. Ese contexto reduce la urgencia de aplicar estímulos monetarios y permite a la Fed mantener una vigilancia más estricta sobre la inflación. El comportamiento del oro refleja precisamente esta combinación de factores. El metal precioso continúa operando por debajo de los US$4.500 por onza, incapaz de consolidar una recuperación sostenida. Por un lado, la incertidumbre geopolítica favorece la demanda de activos refugio. Por otro, las expectativas de tasas elevadas por más tiempo fortalecen al dólar y limitan el atractivo del oro, generando fuerzas contrapuestas que mantienen al metal atrapado dentro de un rango relativamente estrecho.
Desde mi perspectiva, el mercado podría estar subestimando la fragilidad del escenario actual. La reacción bajista del petróleo tiene sentido desde el punto de vista técnico y emocional, ya que cualquier noticia vinculada a una posible desescalada suele generar alivio inmediato entre los inversionistas. Sin embargo, los factores estructurales detrás de la crisis permanecen prácticamente intactos. Las conversaciones entre Washington y Teherán siguen avanzando lentamente, los desacuerdos continúan siendo profundos y los episodios de tensión militar no han desaparecido. Por esa razón, considero prematuro asumir que el riesgo geopolítico ha quedado atrás. Mi escenario base contempla una fase de alta volatilidad durante las próximas semanas, con movimientos bruscos en función de cada novedad diplomática o militar. Mientras no exista un acuerdo sólido y verificable entre Estados Unidos e Irán, veo difícil que el Brent pueda instalarse de manera sostenida por debajo de los US$90 por barril. Por el contrario, cualquier deterioro en las conversaciones podría devolver rápidamente los precios hacia la zona de US$100 e incluso permitir extensiones hacia US$105 o US$110. Esa posibilidad seguirá condicionando las expectativas de inflación, la trayectoria de las tasas de interés y el desempeño de los mercados financieros durante la segunda mitad del año. En otras palabras, el petróleo continúa siendo mucho más que una materia prima: hoy es uno de los principales indicadores del equilibrio entre crecimiento económico, estabilidad financiera y riesgo geopolítico a nivel global.
Sergio Cisternas, Analista de mercados EBC Financial Group




