Por Antonio Herrera
Hay un cansancio que ya no sorprende a nadie. Se nota en las conversaciones cotidianas, en los rostros tensos del transporte público, en los mensajes enviados de madrugada y en la sensación permanente de que el tiempo nunca alcanza. Vivimos corriendo, resolviendo, sobreviviendo. Y lo más preocupante es que hemos empezado a asumir ese estado como algo normal.
En el Perú, y en buena parte del mundo, estamos atravesando una forma de agotamiento que ya no es solamente físico. Es emocional, mental y social. Un desgaste acumulado que afecta la manera en que trabajamos, nos relacionamos y enfrentamos la vida diaria. Sin embargo, seguimos hablándolo poco. Tal vez porque el cansancio extremo se ha disfrazado de productividad, de compromiso o incluso de éxito.
La cultura contemporánea ha instalado una idea peligrosa: que descansar es perder tiempo y que detenerse es quedarse atrás. Se celebra a quien siempre está disponible, a quien responde de inmediato, a quien puede sostener jornadas interminables sin mostrar señales de agotamiento. Poco a poco, vivir saturados dejó de verse como una alerta y empezó a interpretarse como prueba de esfuerzo.
El problema es que el cuerpo y la mente no funcionan indefinidamente bajo presión. Tarde o temprano, el desgaste aparece. A veces como ansiedad, irritabilidad o insomnio. Otras veces como enfermedades físicas, desconexión emocional o una sensación constante de vacío. Muchas personas no están viviendo; están funcionando en automático.
Lo más complejo es que este agotamiento no puede explicarse únicamente desde lo individual. Hay factores estructurales que lo alimentan todos los días. El estrés económico, la incertidumbre laboral, el tiempo excesivo de traslado, la hiperconectividad y la dificultad para desconectarse han creado un entorno donde el descanso parece un privilegio más que una necesidad básica.
En ciudades como Lima, por ejemplo, millones de personas pasan varias horas al día trasladándose entre trabajo y hogar. Ese tiempo perdido no solo impacta en productividad; impacta en salud mental, relaciones familiares y calidad de vida. A eso se suma una dinámica laboral que muchas veces premia la presencia constante antes que el bienestar sostenible.
La pandemia dejó en evidencia la fragilidad emocional con la que convivíamos, pero también mostró algo más profundo: que la salud mental no puede seguir siendo tratada como un tema secundario. Sin embargo, una vez pasada la emergencia, gran parte de la conversación volvió a centrarse únicamente en la recuperación económica, como si el desgaste emocional colectivo pudiera resolverse por sí solo. Y no está ocurriendo.
Cada vez más jóvenes expresan ansiedad frente al futuro. Cada vez más trabajadores viven con sensación de agotamiento permanente. Cada vez más personas sienten que deben elegir entre estabilidad económica y bienestar personal. El problema es que hemos aprendido a convivir con este malestar sin cuestionarlo demasiado.
Quizá porque admitir el cansancio también implica reconocer que algo en la forma en que estamos viviendo necesita cambiar.
Esto no significa romantizar la pausa ni negar el valor del esfuerzo. El trabajo, la disciplina y la perseverancia siguen siendo fundamentales para el desarrollo personal y colectivo. Pero una sociedad que glorifica el agotamiento termina debilitando a las mismas personas de las que depende para sostenerse.
El bienestar no es lo opuesto a la productividad. De hecho, ocurre lo contrario: las personas que viven en condiciones emocionalmente sostenibles trabajan mejor, toman mejores decisiones y construyen relaciones más sanas. Ignorar esto no solo tiene consecuencias humanas, sino también económicas y sociales.
Las empresas empiezan lentamente a entenderlo. Cada vez más organizaciones hablan de salud mental, equilibrio y bienestar laboral. Sin embargo, el desafío sigue siendo pasar del discurso a la práctica. No basta con campañas internas si las dinámicas cotidianas siguen promoviendo sobrecarga, hiperdisponibilidad y desgaste constante.
El Estado también tiene un rol importante. Hablar de salud mental no puede limitarse a campañas de sensibilización. Requiere acceso real a atención psicológica, políticas preventivas y una mirada más amplia sobre cómo las condiciones sociales afectan el bienestar emocional de las personas.
Pero más allá de las instituciones, existe una conversación cultural pendiente. Necesitamos revisar la manera en que entendemos el éxito, el descanso y el cuidado personal. Porque cuando vivir cansados se vuelve normal, el problema deja de ser individual y se convierte en colectivo.
Tal vez una de las señales más preocupantes de esta época es que muchas personas ya no recuerdan lo que significa sentirse realmente tranquilas. Se acostumbraron a vivir aceleradas, tensas o emocionalmente agotadas. Y cuando eso ocurre, el riesgo no es solo el cansancio: es perder la capacidad de disfrutar, conectar y vivir plenamente.
El Perú necesita crecer, desarrollarse y generar oportunidades. Pero ese desarrollo no puede construirse sobre una sociedad permanentemente agotada. El bienestar emocional no es un lujo moderno ni una conversación superficial. Es una condición básica para sostener una vida digna y una sociedad saludable.
Porque al final, una sociedad que normaliza el agotamiento termina enfermándose en silencio.





