El mercado entiende perfectamente lo que está en juego. Por esta ruta marítima circula cerca del 20% del petróleo mundial y cualquier amenaza sobre su operatividad tiene efectos inmediatos sobre energía, inflación y expectativas de tasas de interés. No es casualidad que el Brent haya vuelto a dispararse sobre los US$104 por barril, reaccionando violentamente a cada titular proveniente desde Washington o Teherán.
La sensación que comienza a instalarse es incómoda: el mercado podría estar entrando en una nueva etapa de “inflación importada” vía energía, justo cuando los bancos centrales intentaban convencer de que el peor escenario ya había quedado atrás. El petróleo vuelve a convertirse en el termómetro del miedo global.
En paralelo, esta semana el mercado seguirá muy atento al IPC de Estados Unidos, donde se espera una inflación anual de 3,7%, cifra que volvería a reflejar el impacto del encarecimiento energético sobre el consumidor norteamericano. El riesgo ya no es solo la gasolina; el temor es que el alza del crudo termine filtrándose al transporte, alimentos, logística y consumo masivo.
Desde mi perspectiva, el petróleo seguirá extremadamente sensible al conflicto y podría moverse rápidamente hacia rangos entre US$110 y US$118 por barril si fracasan las negociaciones o si el tránsito en Ormuz vuelve a deteriorarse. El mercado hoy está operando estrictamente fundamentales antes que tecnicismos, y eso eleva considerablemente la volatilidad.
Por el contrario, una señal concreta de distensión podría devolver al Brent hacia niveles cercanos a US$95. Pero mientras el conflicto siga abierto y las amenazas cruzadas continúen escalando, el riesgo de nuevos saltos violentos en energía seguirá completamente vigente.
Sergio Cisternas, Analista de mercados EBC Financial Group





