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miércoles, marzo 11, 2026
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Juventud, frustración y futuro: la deuda silenciosa que el Perú sigue postergando

Por Antonio Herrera Cabanillas

El Perú es un país joven, pero cansado. Basta escuchar a muchos adolescentes y jóvenes para notar una mezcla inquietante de talento, frustración y desconfianza. No es apatía; es decepción. No es falta de ambición; es la sensación de que el esfuerzo no siempre se traduce en oportunidades reales.

Durante años, hemos hablado de la juventud como “el futuro del país”, pero pocas veces la tratamos como el presente. Y esa contradicción tiene consecuencias. Un país que no ofrece horizontes claros a sus jóvenes no solo desperdicia talento: compromete su propio futuro.

La frustración juvenil no suele aparecer en los grandes indicadores macroeconómicos, pero se filtra en la informalidad, en la migración, en el desencanto con la política y en la desconexión con las instituciones. Es una deuda silenciosa que se acumula, y que tarde o temprano se cobra.

Muchos jóvenes sienten que el sistema no está diseñado para ellos. Que estudiar no garantiza empleo, que emprender es un camino lleno de obstáculos y que la formalidad parece un privilegio difícil de alcanzar. Cuando esa percepción se instala, la promesa del progreso pierde credibilidad.

No se trata solo de expectativas personales. Se trata de movilidad social. Cuando un joven percibe que su origen pesa más que su esfuerzo, la confianza en el país se erosiona. Y sin confianza, el compromiso se debilita.

Parte del problema está en la desconexión entre educación y realidad. Seguimos formando jóvenes para un mercado laboral que ya no existe, mientras los sectores que sí generan oportunidades no encuentran talento con las habilidades que requieren. Esta brecha no es responsabilidad exclusiva de la educación ni del mercado; es una falla de coordinación que el país no ha sabido resolver.

Al mismo tiempo, la informalidad se convierte en la salida más accesible, aunque no sea la más deseable. Muchos jóvenes trabajan, emprenden y se esfuerzan, pero lo hacen en condiciones precarias, sin protección ni proyección. La informalidad no es una elección cultural: es, en muchos casos, la única puerta abierta.

La consecuencia es un círculo difícil de romper. Jóvenes frustrados se alejan de las instituciones, desconfían de la política y se sienten ajenos a las decisiones que afectan su vida. Esa desconexión alimenta discursos radicales o simplistas que prometen soluciones rápidas, pero que rara vez atacan las causas profundas.

Sin embargo, reducir la juventud a un problema sería un error grave. La juventud es, ante todo, una oportunidad desaprovechada. El Perú tiene jóvenes creativos, resilientes y emprendedores. Lo que falta no es talento, sino un entorno que canalice ese talento hacia proyectos productivos, formales y sostenibles.

Crear ese entorno exige decisiones que no siempre son populares, pero sí necesarias. Exige apostar por una educación pertinente, conectada con el mercado y con el desarrollo del país. Exige facilitar la transición de la informalidad a la formalidad, reduciendo barreras y ofreciendo incentivos reales. Exige entender que el empleo juvenil no se crea con discursos, sino con inversión, crecimiento y confianza.

También exige cambiar la narrativa. Dejar de hablar de los jóvenes solo cuando protestan o cuando aparecen como problema, y empezar a incorporarlos como actores centrales del desarrollo. Escucharlos, involucrarlos y ofrecerles responsabilidades reales es parte de la solución.

La frustración juvenil no es inevitable. Es el resultado de decisiones —y omisiones— acumuladas. Y así como se construyó, puede revertirse. Pero no con soluciones aisladas ni con programas de corto plazo, sino con una visión de país que entienda que invertir en juventud es invertir en estabilidad y futuro.

Estamos entrando a un periodo decisivo para el Perú. Si no abordamos esta deuda silenciosa, seguiremos viendo cómo el talento se desperdicia y la desconfianza crece. Si, en cambio, asumimos el desafío con seriedad, podemos transformar frustración en oportunidad.

Un país que ofrece horizontes a sus jóvenes es un país que cree en sí mismo.
Un país que no lo hace, termina envejeciendo antes de tiempo.

El futuro del Perú no se definirá solo en las urnas ni en los indicadores macroeconómicos. Se definirá en la capacidad de ofrecer a sus jóvenes razones reales para quedarse, para esforzarse y para creer.