Por Sandeep Wasnik, Consultor de Negocios Internacionales, LatAm Intersect
Arabia Saudita y América Latina están construyendo una asociación comercial dinámica, basada en perfiles económicos complementarios. Mientras Arabia Saudita refuerza, por ejemplo, los recursos energéticos de Brasil —al que exportó combustibles por US$ 3.700 millones en 2023, una cifra que se espera igualar en 2025—, la agricultura latinoamericana cubre los déficits de importación del reino. En 2023, Brasil exportó a Arabia Saudita US$ 3.350 millones en productos como pollo, azúcar y maíz, mientras que otros países de la región siguieron el mismo camino con granos (Argentina), hierro, acero y autopartes (México), y café, té y especias (Colombia).
La mayor parte de este intercambio refleja una realidad particular que enfrentan muchos países de la península arábiga: Arabia Saudita importa más del 80% de los alimentos que consume.
Pero la relación no se limita a los balances comerciales. Dirigentes políticos y ejecutivos de negocios de ambas regiones dedican cada vez más tiempo a interactuar entre sí. La alineación de Arabia Saudita con los BRICS ha llevado al país a participar en cumbres convocadas por Brasil, junto con Argentina, aun sin ser miembros formales del bloque.
La presidencia de Brasil en los BRICS en 2025 impulsó iniciativas conjuntas de “energía-agro” entre ambas regiones, además de memorandos de entendimiento que abarcan desde tecnología renovable hasta el suministro de carne halal.
Desafíos y perspectivas
Los obstáculos logísticos siguen siendo relevantes: rutas marítimas de hasta 40 días incrementan los costos entre un 20% y un 30%, mientras que la volatilidad cambiaria (entre monedas locales y el dólar estadounidense) complica la fijación de precios. También deben manejarse con cuidado las tensiones geopolíticas, incluida la mirada atenta de Estados Unidos sobre los vínculos de Arabia Saudita con los BRICS.
Sin embargo, el panorama sigue siendo positivo. Si se concretan las proyecciones de GASTAT de un crecimiento no petrolero del 15% al 20% para Arabia Saudita hasta 2027, América Latina tiene una oportunidad concreta de beneficiarse. Y esto no se limita a las exportaciones agrícolas: implica un intercambio mucho más profundo y potencialmente más amplio en sectores como fintech (ya se están probando pilotos de pagos entre Arabia Saudita y Brasil, similares a los sistemas Pix-UPI), energías renovables, tecnología de desalinización y otras formas de infraestructura.
Para que estas rutas comerciales “alternativas” realmente prosperen, necesitan ser cultivadas. Esto implica que ambas partes —y ambas regiones— deben conocerse mejor, familiarizarse con sus prácticas comerciales, sus gustos y sus intereses. Se lo puede llamar “poder blando” si se quiere, pero su impacto es muy concreto y medible. En este contexto, las empresas necesitan apoyo para conectar estos distintos mundos, para moverse entre tradiciones y percepciones diferentes.
A medida que Medio Oriente y América Latina comienzan a interactuar como nunca antes, ese conocimiento y esa experiencia se vuelven más valiosos que… —me atrevo a decirlo— ¡el petróleo!






