Por Antonio Herrera
Entrar a un año preelectoral siempre tensiona el espacio público. El debate se polariza, los discursos se simplifican y la tentación de dividir se vuelve recurrente. En ese contexto, no solo los actores políticos quedan bajo escrutinio: las empresas, las organizaciones y los liderazgos sociales también.
El 2026 se acerca con un país cansado, desconfiado y fragmentado. Y frente a ese escenario, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué rol deben asumir las empresas y las organizaciones en un contexto electoral sin cruzar líneas que no les corresponden?
No se trata de hacer política partidaria, pero tampoco de esconderse detrás de una neutralidad cómoda. Se trata de entender que la actividad empresarial y social no ocurre en el vacío: ocurre dentro de una sociedad que está decidiendo su futuro.
El falso dilema: hablar o callar
En años preelectorales suele instalarse un dilema simplificado: o las empresas opinan y “se politizan”, o guardan silencio para no exponerse. Ambos extremos son problemáticos.
Callar frente a temas estructurales como legalidad, institucionalidad, educación, inversión, empleo, sostenibilidad no es neutral. Es una forma de abdicar de responsabilidad. Pero opinar sin criterio, desde la improvisación o la militancia, también erosiona confianza.
El desafío está en un punto más complejo: participar del debate público sin convertirse en actor partidario. Defender principios, no candidaturas. Promover reglas de juego, no slogans de campaña.
Lo que sí está en el ámbito de responsabilidad
Las empresas y organizaciones no están llamadas a decirle a la ciudadanía por quién votar. Pero sí tienen legitimidad para pronunciarse sobre las condiciones que hacen posible el desarrollo.
Hablar de respeto al Estado de derecho, estabilidad institucional, promoción de la inversión responsable, generación de empleo formal, educación pertinente, sostenibilidad ambiental y social, no es hacer política partidaria. Es defender las bases mínimas sobre las que funciona una sociedad que quiere progresar.
Cuando estos temas se abandonan por miedo a la crítica, el debate público se empobrece y queda capturado por discursos simplistas o extremos.
El riesgo de la neutralidad cómoda
Existe una neutralidad que no es prudencia, sino comodidad. Es aquella que evita incomodar, pero también evita contribuir. Esa neutralidad tiene costos.
En sociedades con alta informalidad, baja confianza y debilidad institucional, la ausencia de voces responsables deja espacio a narrativas que prometen soluciones rápidas a problemas complejos. Y esas promesas suelen terminar en frustración colectiva.
No se trata de que las empresas “salven” al país, sino de que no renuncien a su rol como actores relevantes del desarrollo.
Criterios para una participación responsable
Participar con responsabilidad en un año preelectoral exige al menos cuatro criterios claros:
Principios antes que personas: Defender valores, no figuras. Legalidad, democracia, respeto, crecimiento sostenible.
Coherencia interna: No se puede exigir institucionalidad hacia afuera si no se practica hacia adentro. La coherencia es condición de legitimidad.
Lenguaje que construye: Evitar la confrontación innecesaria. Apostar por argumentos, no descalificaciones.
Mirada de largo plazo: El objetivo no es ganar la coyuntura, sino contribuir a un país que funcione mejor después de la elección.
El impacto en la confianza
Cuando las organizaciones participan de manera responsable, contribuyen a algo fundamental: confianza social. Ayudan a ordenar el debate, a elevar el nivel de la conversación y a recordar que el desarrollo no se construye desde el enfrentamiento permanente.
Por el contrario, cuando se alinean acríticamente con discursos extremos o se refugian en el silencio absoluto, refuerzan la percepción de desconexión con la realidad del país.
Una oportunidad para madurar como sociedad
Los procesos electorales no solo eligen autoridades; también revelan qué tan madura es una sociedad. El Perú tiene ante sí una oportunidad: demostrar que es capaz de debatir sin destruirse, de disentir sin fracturarse y de elegir sin perder el rumbo.
Las empresas y organizaciones pueden contribuir a esa madurez si entienden que su rol no es protagonismo político, sino responsabilidad cívica.
Conclusión: ni militancia ni indiferencia
El año preelectoral exige equilibrio. No militancia partidaria, pero tampoco indiferencia. No discursos oportunistas, pero tampoco silencio evasivo.
Las empresas y organizaciones que actúen con criterio, coherencia y visión de país ayudarán a construir un entorno más estable, predecible y confiable, independientemente de quién gane la elección.
Porque al final, las elecciones pasan. Pero las decisiones, y las omisiones, dejan huella. Y en un país que busca reencontrarse con su rumbo, esa huella importa más que nunca.






