La captura de Nicolás Maduro en Caracas y su posterior traslado a Estados Unidos ha generado un remezón sin precedentes en la estructura de poder del chavismo, abriendo una etapa de incertidumbre política en Venezuela. Aunque la sucesión constitucional parece clara en el papel, el control real del poder permanece fragmentado y altamente militarizado.
De acuerdo con la Constitución venezolana, Delcy Rodríguez, actual vicepresidenta ejecutiva, asume la conducción del Ejecutivo como presidenta encargada. Sin embargo, analistas coinciden en que su liderazgo es más formal que efectivo, ya que las principales palancas de poder se concentran en el aparato de seguridad y en las Fuerzas Armadas.
En ese escenario, Diosdado Cabello, vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), emerge como uno de los actores más influyentes del régimen. Cabello mantiene un férreo control sobre sectores clave de inteligencia, estructuras partidarias y colectivos armados, lo que le permite ejercer una influencia determinante en la estabilidad interna y en la toma de decisiones estratégicas.
Otro actor central es el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, quien conserva el mando sobre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). Su respaldo ha sido históricamente decisivo para la supervivencia del régimen, y su posición lo convierte en el árbitro principal del equilibrio de poder, especialmente en un contexto de fractura política y presión internacional.
Fuentes políticas señalan que la permanencia del chavismo dependerá ahora de la coordinación entre Cabello y Padrino López, más que de la figura presidencial encargada. Ambos controlan los instrumentos coercitivos del Estado —armas, inteligencia y fuerzas de seguridad—, lo que reduce el margen de maniobra de Delcy Rodríguez a una gestión administrativa y diplomática.
Mientras tanto, el chavismo enfrenta tensiones internas, con sectores que apuestan por una línea dura de confrontación y otros que evalúan una eventual negociación para preservar cuotas de poder y evitar sanciones más severas. La oposición, por su parte, observa el reacomodo del régimen como una oportunidad histórica, aunque sin una hoja de ruta unificada.
La captura de Maduro marca así el inicio de una nueva fase política en Venezuela, donde la sucesión formal no garantiza gobernabilidad y donde el verdadero poder se disputa entre los líderes que controlan las armas y la seguridad del Estado.






