El debilitamiento del dólar tras el nuevo equilibrio político en Estados Unidos abre un escenario favorable para los mercados emergentes, pero el desempeño de las monedas latinoamericanas seguirá condicionado por los riesgos fiscales, las tasas de interés y los fundamentos económicos de cada país.
El panorama para las monedas latinoamericanas ha experimentado un cambio relevante tras las elecciones legislativas de EE.UU., en las que el Partido Demócrata consiguió recuperar el control de ambas cámaras del Congreso. El resultado introduce un nuevo equilibrio político en Washington que limita la capacidad del presidente Donald Trump para impulsar su agenda fiscal y legislativa, con implicaciones para las tasas de interés estadounidenses, la trayectoria del dólar y las condiciones financieras internacionales. Sin embargo, el impacto sobre América Latina está lejos de ser homogéneo. Mientras algunas monedas mantienen el respaldo de elevados diferenciales de tasas y fundamentos externos relativamente favorables, otras enfrentan vulnerabilidades asociadas al deterioro fiscal, la desaceleración económica y la incertidumbre comercial.
La reacción inicial de los mercados a la victoria demócrata estuvo marcada por una caída de las tasas de los bonos del Tesoro y un debilitamiento generalizado del dólar, reflejando expectativas de mayores restricciones a nuevas reducciones tributarias y medidas de expansión fiscal. Este escenario representa un alivio para las economías emergentes, al reducir las presiones sobre los costos de financiamiento externo y mejorar el atractivo relativo de los activos denominados en monedas locales.
A ello se suma una dimensión institucional relevante: el nuevo equilibrio de fuerzas en el Senado podría limitar la capacidad de la Casa Blanca para confirmar nombramientos políticamente alineados en la Reserva Federal, contribuyendo a preservar la autonomía de la autoridad monetaria. Para los bancos centrales latinoamericanos, que enfrentan sus propios desafíos inflacionarios, una Fed que mantenga una política monetaria guiada por los fundamentos económicos constituye un factor importante de estabilidad externa.
No obstante, el cambio político estadounidense no elimina los principales riesgos internacionales. Aunque el resultado electoral podría aumentar las presiones para moderar la política arancelaria, el Ejecutivo conserva amplias facultades en materia comercial y geopolítica, por lo que las tensiones con los principales socios comerciales y la incertidumbre respecto de futuras medidas proteccionistas continúan presentes. Paralelamente, las dudas sobre la sostenibilidad del ciclo de inversión en inteligencia artificial y la reciente corrección de las acciones tecnológicas han contribuido a debilitar el apetito por riesgo. En el plano geopolítico, la moderación del petróleo tras las señales de una posible distensión entre EE.UU. e Irán ha reducido temporalmente las presiones inflacionarias internacionales, aunque la ausencia de un acuerdo definitivo mantiene abierta la posibilidad de nuevos episodios de volatilidad energética. En consecuencia, el debilitamiento reciente del dólar podría resultar transitorio si las tasas estadounidenses vuelven a aumentar o una escalada geopolítica reactiva la demanda por activos defensivos.
En este contexto, el real brasileño continúa condicionado principalmente por la incertidumbre fiscal que siguió a la inesperada reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en octubre. El resultado electoral provocó una importante corrección de los activos brasileños, reflejando la revisión de las expectativas de consolidación fiscal que el mercado había incorporado ante la posibilidad de un cambio de gobierno. El ajuste fue especialmente pronunciado en las tasas de interés de largo plazo, donde el aumento de las primas de riesgo respondió a preocupaciones sobre la sostenibilidad de la deuda pública, la trayectoria del gasto y la capacidad del gobierno para establecer un marco fiscal creíble.
A estas dificultades se suma un panorama inflacionario que restringe el margen de maniobra del Banco Central de Brasil. Después de haber reducido la tasa Selic hasta el 14% en agosto, la autoridad monetaria enfrenta ahora un escenario en el que la persistencia de las presiones inflacionarias y el deterioro de las expectativas podrían obligarla a interrumpir su ciclo de flexibilización, incluso cuando la actividad económica comienza a moderarse.
El debilitamiento del dólar posterior a las elecciones estadounidenses ha proporcionado cierto alivio a los activos brasileños, favoreciendo una recuperación de la bolsa y una moderación de la volatilidad implícita del real. Sin embargo, este respaldo externo no resuelve los desequilibrios domésticos. Brasil mantiene una posición relativamente favorable en términos de ingresos provenientes de exportaciones y un diferencial de tasas (carry) que continúa ofreciendo una compensación significativa por el riesgo cambiario.
No obstante, la principal amenaza para el BRL continúa siendo una trayectoria fiscal que obligue a mantener tasas de interés restrictivas durante un período prolongado y eleve simultáneamente las primas de riesgo soberano. En ese escenario, el elevado rendimiento de los activos locales podría resultar insuficiente para compensar una pérdida persistente de confianza en la política económica.
El peso mexicano presenta una situación distinta, caracterizada por una posición externa relativamente favorable, pero también por una creciente sensibilidad a las decisiones de política comercial estadounidense. Tras un período de debilitamiento y acumulación de posiciones negativas por parte de inversionistas institucionales, sus valoraciones han recuperado atractivo.
Sin embargo, el diferencial de tasas que históricamente sostuvo las estrategias de carry trade se ha reducido considerablemente. El Banco de México completó en mayo un prolongado ciclo de flexibilización monetaria, llevando su tasa de referencia al 6,5%, y desde entonces ha mantenido una postura cautelosa ante la persistencia de las presiones inflacionarias, particularmente en los servicios.
Aunque la recuperación de la actividad ha contribuido a mejorar las perspectivas de crecimiento, el margen para nuevas reducciones de tasas continúa limitado, mientras el menor rendimiento relativo frente a otras monedas latinoamericanas ha incrementado la importancia de los fundamentos comerciales como soporte del peso.
Es precisamente en este ámbito donde los resultados de las elecciones estadounidenses adquieren mayor relevancia. El nuevo Congreso podría ejercer mayores contrapesos políticos sobre la agenda proteccionista de Trump, reduciendo parcialmente la incertidumbre que ha afectado las perspectivas de inversión y comercio de México. Sin embargo, la revisión del T-MEC y la posibilidad de nuevas medidas arancelarias continúan representando riesgos importantes, dado que buena parte de estas decisiones permanece bajo la autoridad del presidente. La integración de las cadenas manufactureras mexicanas con EE.UU. constituye una fuente estructural de fortaleza, pero también amplifica su exposición a cambios en la política comercial norteamericana. En este sentido, una eventual moderación de las tensiones podría favorecer al MXN, particularmente considerando que los administradores de activos habían acumulado posiciones netas cortas históricamente elevadas hacia finales de octubre. Una reducción de esas coberturas podría reforzar el impacto favorable de un dólar más débil. No obstante, los riesgos fiscales de mediano plazo, especialmente los asociados a Pemex y al perfil crediticio soberano, siguen limitando una mejora estructural de las perspectivas cambiarias.
En Chile, el peso enfrenta un escenario particularmente complejo por la combinación de debilidad económica, presiones inflacionarias y una menor protección relativa frente a los movimientos del dólar. El Banco Central ha mantenido la Tasa de Política Monetaria en 4,5%, mientras la desaceleración de la actividad y el deterioro del mercado laboral han reducido las perspectivas de crecimiento.
Sin embargo, las minutas de su reunión de octubre revelaron que el Consejo también evaluó la posibilidad de elevar la tasa de interés ante el riesgo de una mayor persistencia inflacionaria. Esta tensión limita la capacidad de la autoridad monetaria para responder a un eventual deterioro de las condiciones financieras externas sin comprometer su objetivo de estabilidad de precios.
A diferencia de Brasil y Colombia, Chile presenta un diferencial de tasas considerablemente menos favorable, lo que aumenta la sensibilidad del peso a al contexto internacional y a los cambios en el apetito por riesgo. A ello se suman factores relacionados con la demanda local por dólares y las operaciones de cobertura cambiaria, que pueden amplificar los movimientos del tipo de cambio. Sin embargo, el CLP también podría beneficiarse de un entorno externo más favorable tras las elecciones estadounidenses, especialmente si el debilitamiento del dólar contribuye a sostener los precios del cobre y los flujos hacia activos emergentes.
Además, la reciente moderación del petróleo representa otro factor positivo para Chile por su condición de importador neto de energía, al mejorar sus términos de intercambio y reducir presiones sobre los costos internos. Por otra parte, el aumento de las ventas de dólares anunciado por el Ministerio de Hacienda para noviembre proporciona un soporte adicional de corto plazo, aunque no modifica los fundamentos estructurales de la moneda. La principal vulnerabilidad del CLP sigue siendo la posibilidad de que una desaceleración de la demanda por cobre coincida con nuevas presiones inflacionarias y una economía doméstica debilitada, restringiendo simultáneamente los canales de crecimiento, términos de intercambio y política monetaria.
Por su parte, el peso colombiano continúa beneficiándose de uno de los diferenciales de tasas más elevados entre los principales mercados emergentes, aunque enfrenta riesgos fiscales e institucionales significativos. El Banco de la República elevó agresivamente su tasa de referencia durante el primer semestre, hasta situarla en 12,25%, antes de interrumpir el ciclo de aumentos en octubre ante las primeras señales de desaceleración económica. Este nivel de tasas sigue proporcionando un respaldo importante al peso, especialmente en un contexto en el que el que la caída de las tasas estadounidenses mejora el atractivo relativo de los activos denominados en monedas emergentes.
De todos modos, la transición política desde la administración de Gustavo Petro al gobierno de Abelardo de la Espriella introduce importantes desafíos para las perspectivas de la moneda. Las expectativas de una política económica más favorable a la consolidación fiscal han contribuido a mejorar el comportamiento de los activos soberanos colombianos, pero también han elevado la importancia de que las nuevas autoridades puedan traducir sus compromisos en medidas presupuestarias concretas. La persistencia de la inflación, las tensiones institucionales que han rodeado las decisiones del banco central y la desaceleración económica complican este proceso.
Asimismo, la reciente decisión del Banco de la República de adquirir dólares al gobierno ha introducido un factor adicional en la dinámica cambiaria. En el frente externo, una moderación del dólar y condiciones financieras internacionales más favorables podrían proporcionar cierto respaldo al COP, mientras que los elevados precios de algunos metales preciosos favorecen los ingresos de determinados segmentos exportadores. No obstante, el principal riesgo continúa siendo que la consolidación fiscal avance más lentamente de lo esperado o enfrente mayores obstáculos políticos, deteriorando la confianza de los inversionistas pese al atractivo de las tasas locales.
De cara a los próximos meses, el desempeño de las monedas latinoamericanas dependerá de la interacción entre las condiciones financieras estadounidenses, la evolución de las materias primas y la capacidad de cada economía para preservar la credibilidad de sus políticas macroeconómicas. La victoria demócrata introduce un factor potencialmente favorable al reducir las expectativas de expansión fiscal estadounidense y fortalecer los contrapesos institucionales, pero sus efectos sobre el dólar podrían verse limitados por la persistencia de tasas internacionales elevadas, la incertidumbre comercial y los riesgos geopolíticos. En particular, una eventual recuperación del petróleo tendría consecuencias diferenciadas para la región, al favorecer los ingresos de los exportadores de energía mientras aumenta los costos de importación y las presiones inflacionarias en economías como Chile.
En definitiva, el nuevo escenario político estadounidense mejora parcialmente las condiciones externas para América Latina, pero no garantiza una apreciación sostenida ni generalizada de sus monedas. Brasil y Colombia mantienen el respaldo de elevados diferenciales de tasas, aunque sus perspectivas están condicionadas por la disciplina fiscal y la credibilidad institucional. México combina fundamentos comerciales relativamente sólidos con una elevada exposición a las decisiones de EE.UU., mientras Chile permanece especialmente sensible a la evolución del cobre, la demanda china y un diferencial de tasas menos competitivo. La principal conclusión es que, más allá del alivio inicial asociado al resultado electoral, el comportamiento cambiario regional estará determinado cada vez más por la fortaleza de los fundamentos domésticos y por la capacidad de cada país para sostener la confianza de los inversionistas en un entorno internacional que continúa expuesto a importantes fuentes de volatilidad.
Felipe Barragán, Senior Research Strategist




