Igualdad de oportunidades: el verdadero reto del real estate peruano

Por Aissa Lavalle, Country Manager de Cushman & Wakefield Perú

En fechas como el 8 de marzo es fácil caer en mensajes que suenan bien, pero que no necesariamente empujan cambios reales. Yo prefiero concentrarme en algo más concreto: identificar un punto específico de mejora en nuestra industria inmobiliaria y mirarlo con honestidad. Y ese punto, en el real estate peruano —tan dinámico como exigente— es cómo aseguramos que el desarrollo profesional esté habilitado por oportunidades comparables, sin sesgos, para cualquier persona con talento y disciplina.

A lo largo de mi experiencia he visto cómo más mujeres se incorporan al sector inmobiliario y aportan valor desde distintos roles. Sin embargo, la conversación de fondo no es solo cuántas mujeres participan, sino qué factores permiten —o limitan— que más personas decidan crecer y liderar en una industria que tiene impacto directo en la forma en que se desarrollan nuestras ciudades.

Las cifras ayudan a dimensionar el desafío. Según el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo, solo el 13% de los cargos gerenciales en el país son ocupados por mujeres. En el real estate, aunque la participación femenina en posiciones de liderazgo ha crecido cerca de 15% en los últimos años, todavía existen barreras que frenan ese avance. Pero estas barreras no se explican únicamente por falta de preparación; muchas veces están ligadas al momento de vida y a cómo se equilibran las responsabilidades personales y profesionales.

El sector inmobiliario es intenso, de decisiones de largo plazo y alta exigencia. En ese contexto, el desarrollo profesional suele cruzarse con etapas de formación de familia y cuidado. En la práctica, estas responsabilidades siguen recayendo con mayor peso en la mujer. Hablar de igualdad de oportunidades implica, entonces, hablar de equilibrio y corresponsabilidad, y de cómo una distribución más justa de estas tareas puede ampliar las posibilidades de desarrollo profesional para todos.

Pensar en el futuro del sector también implica mirar a los jóvenes en general. Comprender que el real estate no es solo infraestructura, sino una herramienta de desarrollo económico, generación de valor y transformación urbana. Con información, formación y acompañamiento adecuados, los jóvenes pueden entender el mercado, sus dinámicas y decidir si quieren ser parte activa de él.

Además, la diversidad no es solo una aspiración social. Estudios como Diversity Wins de McKinsey muestran que las empresas con mayor diversidad de género en sus equipos ejecutivos tienen hasta un 25% más de probabilidades de superar la rentabilidad promedio. Aun así, persisten brechas difíciles de justificar: a nivel global, las mujeres en el sector inmobiliario perciben hasta 40% menos en bonos y comisiones que sus pares hombres, lo que termina desincentivando talento y empobreciendo la industria.

El real estate peruano se encuentra en un proceso de maduración que exige ir más allá de los discursos. La igualdad de oportunidades no se construye con mensajes simbólicos, sino con acceso real a educación, información, experiencia y procesos transparentes. Cuando el talento puede desarrollarse sin barreras innecesarias, el mercado no solo crece: se fortalece y contribuye a construir ciudades más sostenibles y competitivas.