De uvas pisqueras a vino premium: la estrategia que busca crear una nueva categoría exportable peruana

Una bodega en Ica está construyendo un modelo de diferenciación basado en patrimonio varietal, producción limitada y posicionamiento gastronómico global. La apuesta no es competir con Chile o Argentina en volumen, sino crear una categoría propia.

Cuando se analiza el mapa vitivinícola sudamericano, Argentina y Chile dominan la conversación en términos de escala, exportaciones y reconocimiento de marca país. Perú, pese a haber iniciado la vitivinicultura en la región en el siglo XVI, quedó fuera del tablero competitivo del vino y concentró su identidad en el pisco.

Hoy, casi cinco siglos después, una pregunta empieza a cobrar relevancia estratégica: ¿puede el Perú construir una categoría de vino propia sin competir en volumen, sino en diferenciación?

En Humay (Ica), la Hacienda Murga está ensayando esa respuesta.

Una estrategia de diferenciación, no de escala

Murga nació en 2016 como proyecto pisquero de tres socios peruanos. Sin embargo, desde 2019, bajo la dirección enológica de Pietra Possamai, amplió su portafolio hacia vinos elaborados con uvas tradicionalmente destinadas al pisco: Quebranta, Negra Criolla, Mollar, Albilla, Moscatel e Italia.

El movimiento no es menor. En lugar de replicar modelos productivos consolidados en la región —basados en Cabernet Sauvignon, Malbec o Carmenere— la bodega apuesta por variedades patrimoniales que prácticamente no tienen competencia internacional.

El resultado: alrededor de 30 mil botellas anuales de vino, producción limitada, presencia en restaurantes de alta cocina y exportaciones a mercados nicho como Estados Unidos, Suiza, Reino Unido y Japón.

No es una estrategia de volumen. Es una estrategia de categoría.

El boom gastronómico como plataforma de mercado

La hipótesis de negocio parte de un fenómeno macro: el posicionamiento internacional de la gastronomía peruana.

Restaurantes peruanos figuran entre los mejores del mundo y han logrado que insumos como el cacao, el café o el pisco ganen visibilidad global. El siguiente paso natural es el vino.

El paralelismo histórico es claro: el auge global de la cocina francesa impulsó el consumo de Bordeaux; el de la italiana fortaleció la demanda de vinos italianos. Si la gastronomía peruana consolida su presencia internacional, el vino peruano podría beneficiarse del mismo efecto arrastre.

Murga ya está presente en restaurantes como Central, Maido y Astrid & Gastón, lo que le permite posicionarse en el segmento premium y asociarse a una experiencia culinaria de alto valor.

El desierto como activo competitivo

En términos productivos, la ventaja diferencial está en el terroir. Las cinco hectáreas del campo Las Joyas están ubicadas en pleno desierto iqueño. Allí, la radiación solar intensa y la retención térmica de la arena generan condiciones extremas que, bien manejadas, favorecen concentración de azúcar y madurez fenólica.

La amplitud térmica aporta acidez y equilibrio. La Quebranta —adaptada históricamente a climas cálidos y secos— muestra resiliencia natural, reduciendo riesgos agronómicos.

El estrés hídrico controlado se convierte en parte del modelo: menor volumen por planta, mayor concentración y, por tanto, mayor potencial de valor por botella.

En un escenario global donde la sostenibilidad y el uso responsable del agua son variables críticas, producir en el desierto bajo control técnico también construye narrativa de eficiencia y adaptación climática.

Vino natural como propuesta de valor

El segundo eje estratégico es la mínima intervención.

En una industria donde existen más de cien prácticas enológicas autorizadas, Murga opta por reducir aditivos y manipulación técnica. Esto posiciona sus productos dentro del segmento de vinos naturales, una categoría en crecimiento en mercados premium.

El consumidor de alto poder adquisitivo ya no compra solo sabor: compra trazabilidad, transparencia y relato. La naturalidad se convierte así en herramienta de diferenciación comercial.

Es una apuesta que implica mayor riesgo productivo, pero también mayor margen potencial.

Validación externa y construcción de marca

Uno de sus ensamblajes, Let it Blend, mezcla de Mollar, Negra Criolla y Quebranta, alcanzó 95 puntos en la Guía Descorchados, convirtiéndose en el vino peruano mejor puntuado en esa publicación.

Más allá del reconocimiento, estos hitos funcionan como validadores en mercados donde la reputación influye directamente en precio y posicionamiento.

La construcción de marca también forma parte del modelo: más de 30 etiquetas con identidad visual definida y narrativa propia. En el segmento premium, la experiencia estética y el storytelling son parte integral del valor.

¿Puede el Perú construir una categoría propia?

Perú difícilmente competirá con Chile o Argentina en escala productiva en el corto o mediano plazo. Tampoco parece necesario.

La oportunidad está en crear una categoría distinta: vinos de uvas pisqueras, producidos en desierto costero, asociados a alta gastronomía y comercializados como producto de nicho premium.

Si el país logra articular producción, relato y posicionamiento internacional, el vino podría convertirse en una nueva línea exportable de alto valor agregado, complementaria al pisco.

El desafío no es técnico. Es estratégico: construir reputación, consolidar presencia internacional y sostener calidad en el tiempo.

Cinco siglos después de las primeras viñas limeñas, el Perú no busca recuperar volumen perdido. Busca crear algo que el mercado global aún no tiene: vino con identidad peruana propia.