Comunicar en tiempos de desconfianza: una responsabilidad social impostergable

Por Antonio Herrera

El 2026 empieza en un clima que no podemos ignorar: desconfianza generalizada, polarización creciente y una sensación extendida de que nadie dice toda la verdad. La ciudadanía desconfía de la política, de las instituciones y, cada vez más, también de las empresas. En este contexto, comunicar ya no es solo una cuestión técnica o reputacional: es una responsabilidad social.

Vivimos en una sociedad donde cada mensaje se analiza con lupa, donde el silencio genera sospecha y donde los discursos vacíos se detectan con rapidez. No es casualidad. La desconfianza es el resultado de años de incoherencias, promesas incumplidas y relatos que no resistieron la realidad. Pretender comunicar hoy como si ese contexto no existiera es uno de los mayores errores que se pueden cometer.

La desconfianza no apareció de la nada

La desconfianza es acumulativa. Se construye cuando lo que se dice no coincide con lo que se hace, cuando las decisiones no se explican y cuando los errores no se reconocen. En ese sentido, no es solo un problema político: es un fenómeno social que atraviesa a todos los actores públicos y privados.

Hoy, la ciudadanía no espera discursos perfectos. Espera honestidad, coherencia y sentido. Espera entender por qué se toman ciertas decisiones y cómo estas afectan su vida cotidiana. Y cuando no recibe respuestas claras, llena los vacíos con sospecha, enojo o indiferencia.

Por eso, comunicar en este contexto no significa “convencer”, sino reconstruir confianza. Y la confianza no se impone ni se acelera: se gana con consistencia.

Cuando el silencio también comunica

Frente a este escenario, muchas organizaciones —empresas, gremios, instituciones— optan por el silencio. Temen equivocarse, ser malinterpretadas o quedar atrapadas en la polarización. Sin embargo, el silencio rara vez es neutro.

No decir nada también comunica:

  • Puede interpretarse como desconexión con la realidad.
  • Puede leerse como falta de responsabilidad.
  • Puede generar la sensación de que solo se habla cuando conviene.

Esto no significa que todos deban opinar, sobre todo, ni que las empresas deban convertirse en actores políticos. Significa algo más simple y exigente: asumir que hay temas que sí forman parte de la responsabilidad social de las organizaciones —como el desarrollo, la legalidad, la educación, el empleo, la sostenibilidad— y que sobre ellos es válido y necesario pronunciarse con claridad.

Comunicar no es adornar la realidad

Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es confundir comunicación con maquillaje. Comunicar no es suavizar decisiones, ni esconder tensiones, ni construir relatos optimistas desconectados de la realidad. Comunicar es dar sentido, incluso, y sobre todo, cuando el contexto es complejo.

Las sociedades maduras no esperan mensajes perfectos; esperan mensajes comprensibles y coherentes. Explicar por qué se toman ciertas decisiones, reconocer límites, admitir errores y mostrar aprendizajes genera más confianza que cualquier discurso grandilocuente.

En este sentido, comunicar bien es un acto de respeto hacia la ciudadanía.

Coherencia, datos y propósito

En tiempos de desconfianza, hay tres elementos que marcan la diferencia:

Coherencia: No hay relato que sobreviva a decisiones contradictorias. La comunicación solo funciona cuando refleja lo que realmente ocurre dentro de las organizaciones.

Evidencia: Las afirmaciones vacías ya no convencen. Datos, resultados, impactos medibles y compromisos verificables son hoy el lenguaje de la credibilidad.

Propósito: El propósito no es un lema inspirador. Es la explicación de por qué una organización existe y cómo contribuye al desarrollo de la sociedad. Cuando el propósito es claro, la comunicación gana profundidad y dirección.

Un desafío colectivo, no solo empresarial

Este desafío no recae únicamente en las empresas. También interpela a líderes sociales, organizaciones civiles, medios, universidades y ciudadanos. La calidad de la conversación pública define el tipo de sociedad que construimos.

Si normalizamos el ruido, la desinformación y la confrontación permanente, erosionamos las bases de la convivencia. Si, en cambio, apostamos por conversaciones más honestas, responsables y orientadas al bien común, fortalecemos la democracia y el desarrollo.

Conclusión: comunicar también es construir país

El 2026 nos enfrenta a un contexto desafiante, pero también a una oportunidad: elevar el nivel de nuestra conversación pública. Comunicar con responsabilidad no es un lujo ni una estrategia reputacional; es una forma concreta de contribuir a la cohesión social y al desarrollo.

En tiempos de desconfianza, cada palabra importa. Cada silencio también.

La pregunta no es quién comunica mejor, sino quién comunica con mayor coherencia y responsabilidad. De esa respuesta dependerá, en buena parte, la sociedad que logremos construir en los próximos años.