Por Filipe Cotait es el CEO de Stefanini Data & Analytics
Integrar información operativa y financiera ayuda a identificar costos ocultos, mejorar la eficiencia y transformar datos en decisiones de negocio.
Una máquina que consume más energía de lo debido, un equipo que opera fuera de su rango ideal o una línea de producción que mantiene el gasto energético incluso cuando baja la productividad. Situaciones como esas pueden pasar desapercibidas durante meses. El costo aparece en la factura, pero la empresa no siempre logra identificar qué provocó el aumento del gasto ni cuánto podría ahorrar al corregir el problema.
Ese es uno de los desafíos de la gestión operativa: buena parte de la información necesaria para identificar desperdicios ya existe, pero está distribuida entre sistemas que no siempre se comunican entre sí. Mientras que el área financiera supervisa los gastos, la operación monitorea los equipos, el área de mantenimiento registra las incidencias y la producción evalúa su desempeño. Cada departamento conoce una parte de la historia, pero las pérdidas suelen ocurrir justamente en aquello que no se logra ver cuando esta información se analiza por separado.
En la industria, esta desconexión cobra una dimensión aún mayor. Según datos de McKinsey, el sector representa aproximadamente el 37 % del consumo global de energía. En operaciones en las que la electricidad, los equipos y la productividad están directamente relacionados, las pequeñas ineficiencias pueden traducirse en gastos significativos con el paso del tiempo.
La cuestión no es solo cuánto consume una empresa, sino por qué lo consume, bajo qué condiciones y con qué resultado. Dos unidades industriales pueden mostrar gastos similares en energía y niveles de productividad muy diferentes. Sin relacionar estas variables, una operación en apariencia eficiente podría ocultar oportunidades de ahorro.
La integración entre datos operativos y financieros comienza a cambiar esta realidad. Con información de consumo, producción, mantenimiento y costos analizada en conjunto, es posible identificar comportamientos fuera de lo común, investigar sus causas y evaluar el impacto económico de posibles correcciones.
El Internet de las Cosas (IoT) amplía estas posibilidades al permitir el seguimiento continuo de equipos y procesos. Los sensores registran el consumo de energía, la temperatura, la vibración y otras variables relevantes. Cuando estos registros se combinan con el historial de producción y los indicadores financieros, dejan de ser simples mediciones técnicas y pasan a orientar las decisiones de negocio.
Imagina una línea de producción cuyo consumo de energía aumenta de forma gradual, sin que varíe el volumen producido. Un análisis aislado del recibo de electricidad quizás no revele el problema. En cambio, el cruce entre los datos de consumo, el rendimiento de los equipos y los registros de mantenimiento puede indicar una pérdida de eficiencia que vale la pena investigar.
Esta capacidad de relacionar el comportamiento de los activos con los resultados financieros abre la puerta a la aplicación de herramientas de analítica (analytics) e inteligencia artificial. Los modelos analíticos pueden reconocer patrones de consumo, detectar anomalías y anticipar situaciones que tienden a elevar los costos. En determinados procesos, también es posible simular ajustes operativos y comparar sus efectos sobre la productividad y el uso de recursos.
Sin embargo, las herramientas sofisticadas no compensan la información poco confiable. Los datos incompletos, recopilados en diferentes intervalos o sin contexto pueden distorsionar los análisis. Una lectura de consumo, por ejemplo, debe tomar en cuenta las condiciones de operación y la cantidad producida. Fuera de ese contexto, hasta un dato técnicamente correcto puede llevar a una decisión equivocada.
Por ello, antes de ampliar las inversiones en monitoreo e IA, vale la pena integrar los sistemas existentes, establecer indicadores consistentes e identificar los procesos con mayor potencial de ahorro. Los proyectos más pequeños, con resultados medibles, pueden ofrecer un camino más seguro para expandir la tecnología.
Aunque la energía es un ejemplo evidente, el mismo criterio aplica para el consumo de agua, materias primas, mantenimiento de activos y logística. En todos estos casos, comprender la relación entre el desempeño operativo y el resultado financiero ayuda a orientar las inversiones y a reducir las pérdidas.
Para las empresas presionadas por los costos y márgenes cada vez más competitivos, esta capacidad tiene un impacto directo en su competitividad. A fin de cuentas, el desperdicio no siempre proviene de la falta de control o tecnología. Muchas veces continúa ocurriendo porque las señales están dispersas en diferentes sistemas y nadie logra conectarlas. La factura muestra cuánto se gastó. Entender lo que hay detrás de ese valor es lo que permite cambiar el resultado.




