Por Nicolás Saá Muñoz, Académico del Instituto de Bioética de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)
La inteligencia artificial está obligando a la Medicina a revisar una vieja pregunta: ¿qué significa realmente decidir bien? Durante décadas asociamos al buen médico con quien sabía más, recordaba más diagnósticos y dominaba más protocolos. Hoy una máquina puede procesar en segundos más información de la que una persona podría leer en años. Puede sugerir diagnósticos, calcular riesgos, comparar tratamientos y ordenar evidencia. Pero saber más no equivale necesariamente a decidir mejor.
Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica entre las Cuestiones 47 y 56 de la Segunda Parte de la Segunda Parte (Secunda Secundae, II-IIae) llamó prudentia a la virtud que permite aplicar la recta razón a la acción concreta. No es simple cautela ni temor al error. Es una forma de inteligencia práctica: saber qué hacer aquí y ahora. Por eso insiste en que la prudencia no se ocupa sólo de principios universales; debe conocer también los singulares, porque las acciones ocurren siempre en situaciones particulares. Un tratamiento puede estar indicado “en general” y, sin embargo, no ser lo mejor para esta persona, con esta fragilidad, esta biografía y estos fines de cuidado.
Ahí aparece una diferencia decisiva entre inteligencia artificial y prudencia. La IA puede ampliar nuestra capacidad de cálculo, pero la prudentia exige algo más que cálculo. Requiere experiencia, memoria, deliberación, atención a las circunstancias y rectitud de la voluntad. Tomás incluso afirma que la Medicina necesita consejo precisamente porque sus medios no están completamente determinados de antemano. Lo clínico no es una receta cerrada.
Hay además un punto especialmente sugerente: para Tomás, el acto principal de la prudencia no es sólo deliberar, sino imperar, es decir, llevar el juicio a la acción. La prudencia culmina cuando alguien decide que algo debe hacerse. Esa idea resulta incómodamente actual, porque una IA puede aconsejar sin asumir las consecuencias de su consejo.
La IA puede decirnos qué opciones existen, cuáles son sus probabilidades y qué sugiere la evidencia. Pero no convierte automáticamente esa información en una acción buena. Para eso sigue siendo necesario discernir fines, comprender a la persona enferma y asumir responsabilidad.
Quizás la gran enseñanza del Aquinate para la Medicina del futuro sea precisamente esta: cuanto más poderosas sean nuestras herramientas para conocer, más necesaria será la virtud que nos enseñe a actuar.




