Por Mariella Hague Pérez, estratega en transformación sistémica y crecimiento empresarial y fundadora de Paradero.
Hay una creencia que se repite en casi todas las conversaciones sobre el futuro de la minería y de la industria: que ese futuro está en la automatización.
Equipos autónomos, sensores, centros de control a cientos de kilómetros de la operación, inteligencia artificial que anticipa fallas antes de que ocurran, según una nota publicada en esta misma revista, el 93% de las empresas peruanas planea aumentar su inversión en IA el próximo año, y la pregunta ya no parece ser si vamos a automatizar, sino cuánto y qué tan rápido.
Pero vale la pena preguntarse dónde vive esa creencia.
¿Está en la operación, en el directorio, en el mercado, en los inversionistas que comparan reportes con los de la competencia, o en la comunidad que mira desde afuera cómo cambia la mina?, ¿es una convicción, un miedo a quedarse atrás o una forma de mostrarse moderno frente a los demás?, en muchos directorios donde he trabajado, la decisión de automatizar llega antes que la conversación sobre para qué, y esa diferencia, que parece pequeña, termina definiendo el resultado.
Lo digo con claridad: yo creo en ese camino. La tecnología abre posibilidades que hace diez años eran impensables, mejora la seguridad, reduce riesgos y permite decidir con información que antes no teníamos; pero lo cierto es que la tecnología rinde según la mentalidad de quienes la operan y la deciden, ningún sistema se crea en el vacío, se diseña desde una experiencia, con criterios humanos que luego la tecnología amplifica, si esos criterios son estrechos, la máquina los vuelve más rápidos, no mejores.
Y aquí aparece la pregunta que casi nadie hace en voz alta: ¿dónde quedan las tradiciones, la cultura, la contratación local y la comunidad? en nuestras industrias, sobre todo en la minería, hay un conocimiento que no está en ningún manual, pasa de generación en generación, entre familias que llevan décadas trabajando en la misma operación, donde el abuelo, el padre y hoy el hijo, y cada vez más la hija, conocen la montaña de una forma que ningún sensor ha medido todavía. Hay costumbres, fechas, rituales como el pago a la tierra antes de abrir un nuevo frente, creencias sobre la luna, los números y los momentos para hacer o no hacer las cosas, que nos gusten o no son parte de cómo esa comunidad entiende el trabajo y el riesgo.
¿Y qué lugar hay para las mujeres dentro de la mina, en un espacio donde durante mucho tiempo se dijo que su presencia traía mala suerte? Esa pregunta no es solo de equidad, también es de futuro: si la automatización cambia los puestos, cambia también quién puede ocuparlos, y esa es una oportunidad que pocas veces se mira con intención.
¿Es posible dejar todo esto de lado?, se puede intentar, y muchas empresas lo han hecho, pero el costo suele llegar después, en forma de conflicto, de rotación, de proyectos que se detienen o de una licencia social que se pierde sin que el reporte lo haya anticipado, ese conocimiento no es un obstáculo para la tecnología, es información que la tecnología todavía no sabe leer.
Entonces, ¿qué tendría que pasar en las empresas para que convivan la historia, las costumbres, las tradiciones y la inteligencia artificial? creo que hay lugar para las dos, pero no aparece solo, exige que quienes deciden se sienten a escuchar antes de implementar, que las comunidades y los colaboradores con más años en la operación sean parte del diseño y no solo de la capacitación, y que dejemos de medir la adopción por la cantidad de equipos instalados para empezar a medirla por lo que la organización aprende con ellos.
Y exige, sobre todo, otro tipo de humanos:
- líderes capaces de sostener dos lenguajes a la vez, el de los datos y el de la tradición, sin despreciar ninguno,
- equipos que se atrevan a preguntar lo que todos dan por obvio, como si la máquina siempre tuviera la razón o como si la costumbre siempre fuera un freno.
- y una dirección con la visión de entender que la ventaja competitiva de la industria peruana no va a estar solo en quién automatiza primero, sino en quién logra que la tecnología y su gente construyan juntas algo que ninguna de las dos podría lograr por separado.
El futuro de la industria no está solo en las máquinas, está en lo que decidamos hacer con ellas, y en a quiénes decidamos incluir en esa decisión, esa visión no se compra ni se instala, se co-crea… conversemos.




