Construir confianza en un país cansado: el verdadero liderazgo que el Perú necesita

Por Antonio Herrera

Enero suele ser un mes de planificación, metas y nuevos comienzos. Pero en el Perú, iniciar el año también implica cargar con un cansancio colectivo difícil de ignorar. Cansancio frente a la confrontación permanente, frente a la improvisación, frente a promesas que no se cumplen y discursos que ya no convencen a nadie.

En este contexto, hablar de liderazgo no es hablar de carisma ni de autoridad. Es hablar de algo mucho más escaso y necesario: confianza. Y la confianza, hoy, se ha convertido en el principal déficit de nuestra vida pública. El Perú no solo necesita crecer más, necesita creer otra vez.

Un país con potencial, pero con baja confianza

Tenemos recursos, talento, creatividad y una capacidad emprendedora reconocida a nivel mundial. Sin embargo, convivimos con una paradoja dolorosa: avanzamos poco porque desconfiamos mucho. Desconfiamos del Estado, de los políticos, de las empresas, de las instituciones y, muchas veces, entre nosotros mismos.

Esta desconfianza tiene consecuencias concretas: frena inversiones, dificulta acuerdos, eleva los costos de hacer las cosas bien, y alimenta la informalidad como mecanismo de supervivencia. En un país así, el liderazgo no se mide por el volumen del discurso, sino por la capacidad de generar certezas en medio de la incertidumbre.

La confianza no se decreta, se construye

Uno de los errores más frecuentes es pensar que la confianza se recupera con campañas, anuncios o gestos simbólicos. La experiencia demuestra lo contrario: la confianza se construye lentamente, con decisiones coherentes, sostenidas y comprensibles.

La ciudadanía no espera perfección. Espera consistencia. No exige héroes, sino responsabilidad. Cuando las decisiones se explican, cuando los errores se reconocen y cuando las acciones se alinean con los valores declarados, la confianza empieza a recomponerse. No de inmediato, pero sí de manera real.

Liderar hoy es dar sentido, no solo resultados

Durante años se exaltó un modelo de liderazgo centrado casi exclusivamente en resultados económicos o en eficiencia técnica. Hoy ese modelo resulta insuficiente. Los resultados importan, por supuesto, pero ya no alcanzan si no están acompañados de sentido.

Las personas quieren saber: por qué se toman ciertas decisiones, a quién benefician, qué impacto tendrán en el largo plazo, y cómo se conectan con una visión de país.

Dar sentido no es ideologizar. Es explicar con honestidad, contextualizar y asumir que cada decisión tiene implicancias sociales.

Menos promesas, más trayectorias

Vivimos saturados de promesas. Promesas políticas, empresariales, institucionales. El problema no es prometer; es prometer sin capacidad real de cumplir.

La confianza se fortalece cuando las organizaciones y los liderazgos apuestan menos por el anuncio y más por la trayectoria. Cuando hacen, sostienen y luego comunican. Cuando priorizan el largo plazo sobre el aplauso inmediato. En sociedades cansadas, las trayectorias pesan más que los discursos.

El rol de quienes influyen

No todos lideran desde un cargo público. Muchos lideran desde la empresa, la sociedad civil, la academia, los medios o el territorio. Ese liderazgo también importa y mucho.

Quienes influyen tienen una responsabilidad especial: elevar el nivel de la conversación pública, evitar la polarización fácil, introducir complejidad donde otros simplifican, y recordar que el desarrollo no se construye desde el enfrentamiento permanente.

Construir confianza también implica no incendiar el debate, incluso cuando la tentación es grande.

Una oportunidad en medio del desgaste

El Perú entra a un año desafiante, con procesos electorales en el horizonte y tensiones inevitables. Pero también entra con una oportunidad: madurar como sociedad.

Madurar implica: exigir más a nuestros liderazgos, tolerar menos la improvisación, valorar la coherencia sobre el ruido, y entender que el desarrollo no es inmediato, pero sí posible.

La confianza no resolverá todos los problemas, pero sin ella, ningún problema se resolverá de verdad.

Conclusión: liderar es reconstruir confianza

Cerrar enero es una buena excusa para recordarlo: el liderazgo que el Perú necesita no es el que promete más, sino el que cumple mejor. No el que grita más fuerte, sino el que explica con claridad. No el que divide, sino el que construye puentes.

Reconstruir la confianza será un proceso largo, complejo y exigente. Pero también es la condición indispensable para avanzar como país.

En un Perú cansado, liderar hoy significa algo muy concreto:
actuar con coherencia, comunicar con honestidad y pensar en el largo plazo. Todo lo demás es ruido.